Mostrando entradas con la etiqueta microrrelato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta microrrelato. Mostrar todas las entradas

viernes, 19 de abril de 2013

Nadie dijo que fuera fácil





En mi habitación doy un par de pasos lentamente, tres.
Desde la ventana observo lo que ocurre abajo, en la realidad, y me doy cuenta de que esos hechos conforman una porción ínfima en comparación con todo lo que podría ocurrir. Las posibilidades son enormes, pero mi cerebro tan solo es capaz de aglutinar algunas cuantas visiones. Pienso en esos seres que construyen proyectos mientras pasean por las calles.
Afuera. Donde el viento agita los álamos recién plantados alrededor de la plaza principal. Donde existen los semáforos y las charcuterías. Donde se lucen las mejores galas para parecer algo, alguien.
Nadie dijo que fuera fácil.
Imaginad una enfermedad que, gradualmente, fuese borrando toda traza humana de los enfermos. Pues la sociedad está aquejada de ese virus maldito.
O es la sociedad, o soy yo.



lunes, 14 de mayo de 2012

Ella



Ella quiere un helado de fresa. Aunque estemos a diez grados bajo cero, aunque sean las tres y diecisiete de la mañana, aunque nadie hable nuestra lengua en esta maldita Moscú, aunque el coche se haya calado en medio de una calle tan desconocida como cualquiera a nuestro alrededor, aunque hayamos salido del hotel en busca de cocaína, aunque se nos acerquen cuatro tipos exhalando grandes chorros de vaho mientras hablan entre ellos que lo mismo nos dan cuatro gramos que cuatro tiros, ella quiere un helado de fresa.




miércoles, 4 de enero de 2012

Soledades


Sí, se llamaba Soledades aquella gimnasta por la que pregunta. Era una atleta camaleónica, tremendamente versátil, y hubiese sido la mejor en las barras asimétricas, de eso estoy seguro... Era increíble, tan elegante... Pero nunca lo pudo demostrar ante el gran público. Un magnate ruso se cruzó en su camino un año antes del comienzo de los Juegos Olímpicos de Atenas. Una de sus firmas patrocinaba a nuestro equipo nacional y con ese pretexto exigió conocer a Soledades. Traté con todas mis fuerzas de abortar esa relación, sin embargo comprobé la poca atracción que ejerce un entrenador que exige el máximo sacrificio cada día ante un matrimonio con alguien extremadamente rico.


En realidad no me sorprendió la irrupción de aquel pez gordo, siempre he sabido que las gimnastas son muy codiciadas por su elasticidad. En las camas de las mansiones esta cualidad es altamente apreciada. Nuestras chicas son todas joyas, patricias de amor¹. Ya sabe usted las posiciones que son capaces de adoptar sus piernas sin dificultad. Además saben qué es la disciplina, la resistencia y el sufrimiento… Me gusta imaginar que Soledades se ha convertido en una inigualable amante. Siempre supo adaptarse con facilidad a cualquier superficie y su ambición no tenía límites. Me recreo pensando que también dejó en la estacada a aquel magnate ruso. Soledades irradiaba desparpajo, fuerza y belleza… Era una de esas chicas nacidas para tocar lo más alto.


(¹: En cursiva, fragmento extraído de la canción Música para pastillas de los Redonditos de Ricota.)

viernes, 9 de diciembre de 2011

SER OLVIDADO



En Oxford Circus, una mañana más, se apean casi todas las personas que atestaban el vagón. Entonces veo a una muchacha blanca de pelo largo que al fondo, recostada sobre su asiento, finge dormir. Su imagen se me graba en la retina pero sé que si ella abriese sus ojos y luego me mirase, podría olvidarla. Pero no alza sus párpados, los mantiene cerrados como dos puños que buscan pelea. No aguanto mucho tiempo, el traqueteo del tren me arrulla y he de claudicar ante otra noche en blanco…

Cuando despierto, aquella muchacha blanca de pelo largo se ha marchado. En su lugar queda la inquietante calma de un vagón de metro vacío. Un señor ataviado con un uniforme de guarda de seguridad me hace bajar en Brixton, final de trayecto del Underground en el sur de Londres. Por supuesto, tras dar la pertinente vuelta para ir al andén contrario, me monto en otro de esos trenes que diligentemente transportan a miles de personas cada jornada por las entrañas de la metrópolis. En realidad, no tengo nada mejor que hacer. Recorro el camino celeste de Victoria Line catorce veces buscando a la muchacha blanca de pelo largo, pero no la vuelvo a ver. Me martillea su recuerdo, su postura en el asiento, con las piernas entreabiertas y sin medias, mientras fingía dormir.

Volviendo a casa, sentado al fondo de un vagón de metro casi vacío, agarrado a la sensación amarga de la derrota, caigo en mi propio juego: abro los ojos regresando de un sueño falso y la muchacha blanca de pelo largo se halla de nuevo en su asiento, pero en esta ocasión no finge dormir sino que es ella quien me está mirando.