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jueves, 11 de junio de 2015

Max Frisch



"La gran cuestión para un escritor es la confrontación del lenguaje con la realidad. El lenguaje normal reproduce formas de poderes. La escritura revela, en cambio, el mundo escondido; es subversiva. El escritor no se retira a una torre de marfil, sino a una fábrica de dinamita. La impugnación del lenguaje dominante puede hacerse negativamente, por el silencio, o positivamente, imaginando nuevas formas de expresión."


Max Frisch



viernes, 6 de febrero de 2015

Beckett



"La única indagación fecunda es excavadora, inmersiva, una contracción del espíritu, un descenso. El artista es activo, pero de manera negativa, retrayéndose de la nulidad de los fenómenos más allá de la circunferencia, atraído por el centro del remolino."
Beckett
(Traducción de J. Mayhew)






miércoles, 7 de enero de 2015

Kafka



Kafka vivió siempre en tensión y fue esa tensión y su maravilloso talento para la narración lo que confirieron autenticidad a sus imágenes por muy inconcebibles que fuesen, hecho que salta a la luz cuando esas imágenes son analizadas tomando distancia. Cosa realmente difícil, por otra parte, puesto que Kafka no nos deja tomar distancia. Nos mantiene agarrados, a los lectores, en el pulso de su narración y, así, somos capaces de llegar por medio de sus frases a regiones pobladas de personajes estrafalarios, o a pueblos fantasmales, atrayentes cantinas, infectas dependencias, tribunales decadentes y oficinas delirantes, lugares ficticios todos ellos pero de una subyugante verosilitud construida a base de perseverancia, decepciones, dudas y sueños.
En sus libros, Kafka nos hace conocer aquello que le atosigaba, nos explica el porqué no conseguía alcanzar sus objetivos, cuáles eran las trabas con las que una y otra vez se topaba. Es decir, lo inexpugnable de las obligaciones en cuanto se las mira de frente. En sus obras, sentimos la presencia de un círculo vicioso, permanente frontera en la que giraban sus obsesiones. Y, sin embargo, ese círculo vicioso que podría ser fuente de repetición y hastío, lo transformó en un mundo en que las formas y los personajes, a pesar de estar definidos con gran precisión, muy visualmente, carecen de consistencia y, de esta forma, los cambios que acontecen en sus páginas son aceptados con naturalidad, como la única norma clara de un espacio y un tiempo sin normas claras, lleno de órdenes, y contraórdenes, y malentendidos. La vida es un juego extraño donde todos menos él parecen saberse las reglas, donde todos menos él parecen moverse con aplomo hacia algún lugar. Por supuesto, era consciente de que no existía tal lugar, que los demás se lo inventaban, y que se lo creían después. Y ese conocimiento provocaba que el escritor no se conformase con aquel juego, con la falacia que permitía a sus congéneres adquirir afán y ganas de prosperar.
Kafka buscaba algo mucho más firme, algo real. Kafka buscaba su propia imagen, para destruirla después. No le bastaba su reflejo. Se buscaba a sí mismo, en su interior, y en sus páginas nos hace partícipes de sus avances y de sus fracasos (generalmente mucho más abundantes) en este camino de autoconocimiento que chocaba una y otra vez con los muros de fortalezas demasiado protegidas.






martes, 18 de noviembre de 2014

Ludwig Hohl



"Nuestro mundo está limitado por una pared en la que hay millones de minúsculas aberturas. Ninguna de estas abertura lleva más lejos, o muy poco más lejos solamente, una distancia ínfima, hacia el interior de la pared, pero en ningún caso más allá de nuestro mundo. Hay una, sin embargo, una sola entre esas innumerables aberturas, cuyo diámetro tal vez sea de una millonésima de milímetro, que conduce más allá, y no solamente más allá, sino a través de la pared, abriéndose sobre otro mundo, que se amplifica sobre el nuestro y que acaso llega a desembocar sobre el universo."





sábado, 15 de marzo de 2014

Za Za, emperador de Ibiza



El abismo de la felicidad

Reseña de Estanislao M. Orozco
sobre
“Za Za, emperador de Ibiza”, la nueva novela de Ray Loriga





Ayer, jueves 13 de marzo de 2014, tuve, cosa inusual, la mañana para mí tras la cancelación de un trabajo. Decidí, en un rapto de inspiración, ir a fnac y leer la nueva novela de Ray Loriga, “Za Za, emperador de Ibiza”, que ha publicado Alfaguara. En otras circunstancias, la hubiese comprado sin dudarlo pero, para decirlo con suavidad, mis arcas no atraviesan su mejor momento y, además, hace años “Ya sólo habla de amor” me había decepcionado (aun reconociendo que es una obra muy bien escrita que desnuda la ruptura amorosa sufrida por el escritor) porque el motor de la novela, esto es, lo del baile en la embajada Suiza, era deficiente, una trama sin fuerza que no podía hacer andar nada. Pero regresemos a la mañana de ayer jueves. Y ahí estoy yo, aparcando la moto, llegando a fnac, sentándome en una butaca blanca algo sucia con “Za Za, emperador de Ibiza” entre las manos, y con cierta prisa, lo reconozco, porque únicamente tenía unas cuatro horas para leerme la novela: eran, en ese momento, sobre las once de la mañana y debía recoger del colegio a mis dos hijas a las tres y media, y el colegio no estaba precisamente cerca de la fnac…

Pues bien, me puse a leer sin demora y con el acelerador levemente presionado, una lectura que obviaba, en consecuencia, el detalle, una lectura que no podía detenerse lo que hubiese deseado en determinados párrafos…, lo cual ayudó a restarle profundidad a la novela, a considerarla mero entretenimiento: un suceso no circunstancial, relevante a todas luces, que Ray Loriga –intuyo– ha buscado y en mí, precipitado por la exigida velocidad de la lectura, conseguido. En otras palabras, me barrunto que Loriga ha querido engatusar al lector, incluso al crítico ‘resultadista’[1], con las capas superficiales de la novela, y que lo ha logrado en muchas ocasiones. Sin embargo, si se lee con atención, o si se relee (como yo estoy haciendo ahora mentalmente al escribir esta reseña), la profundidad es innegable: baste recalcar que la felicidad es el abismo que sustenta la novela. Digámoslo ya, el escritor inventa, y hace muy bien –para qué amargarse– una droga perfecta que proporciona felicidad, una felicidad plena pues “no hay día de después” (cito de memoria), o sea, no hay salida, o final, de la felicidad creada con la droga. Una droga, un placebo…, ya puestos, da igual. Es cierto que también, como se ha dicho, quizás en demasía, Loriga ha querido divertirse y divertir con “Za Za, emperador de Ibiza”, cosa que en ocasiones logra, y un servidor no es de carcajada fácil. Es cierto que Loriga también proporciona otras cuantas profundidades aledañas, como la posible independencia de un territorio, la geopolítica del narcotráfico o la neuropsicología, pero no calan demasiado porque son necesarias únicamente para ocultar el abismo de la felicidad que sustenta la novela, es como si Ray hubiese ideado una serie de inhibidores que dificultasen el descenso al verdadero nivel desde el que se ha creado esta novela, el nivel de la desesperación, tan actual, por cierto; por eso el escritor nos engatusa con sexo, drogas, fiestas y lujo made in Ibiza, con los tópicos ibicencos, en definitiva, y que se agradecen, no vayan a equivocarse; por eso aparecen en la novela referencias a la DEA (Drug Enforcement Administration), a Obama, o al Dueño del Agua. Por eso se muestra todo el oropel en primer plano, tan obvio. Pero hay que mirar más allá, o mejor dicho, con mayor atención, enfocando los detalles. Esto me recuerda al principio de la novela, cuando Zacarías Zaragoza, alias Za Za, el protagonista, por supuesto, en una de esas tiendas de ropa del puerto de Ibiza, duda qué camisa comprarse entre dos camisas a simple vista idénticas y para decidirse inspecciona cuidadosamente las costuras de ambas, percatándose de las sutiles diferencias en la calidad de estas. Así, ya con los ojos más abiertos, si releemos determinados pasajes (cosa que yo estoy haciendo ahora en mi cabeza), percibimos el minucioso trabajo del escritor para ir contando en imágenes dobles lo que en realidad ocurre, esto es, superponer felicidad y verdad, imaginación y realidad; y pienso ahora en la llegada del enorme yate al puerto de Ibiza, obviamente llamado ZAZA, como la droga perfecta de la novela, cuando comienza la acción, como también pienso ahora en el helicóptero que entrevé Za Za, despegando de ese lujoso barco, o Zulema, la simia, y Zulema, la hermosa Lolita con dotes adivinatorias, personaje que ve, o que ya ha probado, el futuro… Son estas, y muchas más, las distintas capas que van dando profundidad a una novela que, en principio, se nos antoja superficial, pero que, creo que a estas alturas queda claro, no lo es. El escritor de cuarenta y siete años recién cumplidos ha elegido este recurso para enfatizar ese descenso a la oscuridad de la felicidad, allí donde es posible confrontar verdad y felicidad, la máscara con su dueño. “Za Za, emperador de Ibiza” nos incita a replantearnos qué es la felicidad, qué seríamos capaces de dar a cambio de una felicidad perfecta y a nuestra medida. Es entonces cuando Ray Loriga nos saca del sueño, de su sueño, con un manotazo de verdad, repentino, que me pareció lo mejor del libro. El escritor dinamita sin atisbo de duda el edificio construido bien que mal por las disparatadas aventuras de Za Za para que sea engullido hacia las profundidades en un santiamén, como aquel impactante agujero que se llevó algunas viviendas y dos vidas en Guatemala en 2010.

De hecho, recuerdo todavía un par de segundos –impagables– en los que sentí cierto mareo tras esa desaparición súbita que precipita el final de la novela e imponía, en mi caso, el regreso exprés desde las páginas del libro hacia la realidad de las tres de la tarde, momento de encaminarme hacia el abismo de la felicidad de tener que recoger a mis dos hijas del colegio, y que, luego, estuviesen allí esperándome; esa felicidad imperfecta, pero de verdad, y frágil y fugaz porque se están peleando por una hebilla del pelo de color rojo, la misma hebilla que no les importaba nada ayer, la misma hebilla que mañana, y en un puñado de minutos, estará tirada sin que nadie le haga caso, una hebilla de repente muy especial e importante aunque tengan en casa cincuenta hebillas del pelo más, también algunas rojas, de todos los colores, en realidad.






[1] Término extraído del argot futbolero cuya significación, supongo, Ray Loriga, gran conocedor del fútbol, habrá de apreciar en su totalidad.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Suave es la noche (fragmento), de Francis Scott Fitzgerald



"El hotel y la brillante alfombra tostada que era su playa formaban un todo. Al amanecer, la imagen lejana de Cannes, el rosa y el crema de las viejas fortificaciones y los Alpes púrpuras lindantes con Italia se reflejaban en el agua tremulosos entre los rizos y anillos que enviaban hacia la superficie las plantas marinas en las zonas claras de poca profundidad. Antes de las ocho bajó a la playa un hombre envuelto en un albornoz azul y, tras largos preliminares dándose aplicaciones del agua helada y emitiendo una serie de gruñidos y jadeos, avanzó torpemente en el mar durante un minuto. Cuando se fue, la playa y la ensenada quedaron en calma por una hora. Unos barcos mercantes se arrastraban por el horizonte con rumbo oeste, se oía gritar a los ayudantes de camarero en el patio del hotel, y el rocío se secaba en los pinos. Una hora más tarde, empezaron a sonar las bocinas de los automóviles que bajaban por la tortuosa carretera que va a lo largo de la cordillera inferior de los Maures, que separa el litoral de la auténtica Francia provenzal.

A dos kilómetros del mar, en un punto en que los pinos dejan paso a los álamos polvorientos, hay un apeadero de ferrocarril aislado desde el cual una mañana de junio de 1925 una victoria condujo a una mujer y a su hija hasta el hotel de Gausse. La madre tenía un rostro de lindas facciones, ya algo marchito, que pronto iba a estar tocado de manchitas rosáceas; su expresión era a la vez serena y despierta, de una manera que resultaba agradable. Sin embargo, la mirada se desviaba rápidamente hacia la hija, que tenía algo mágico en sus palmas rosadas y sus mejillas iluminadas por un tierno fulgor, tan emocionante como el color sonrojado que toman los niños pequeños tras ser bañados con agua fría al anochecer."

Francis Scott Fitzgerald (1896-1940)



lunes, 9 de diciembre de 2013

El mito de Sísifo (fragmento), de Albert Camus




"No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. Se trata de juegos; primeramente hay que responder. Y si es cierto, como quiere Nietzsche, que un filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo, se advierte la importancia de esta respuesta, puesto que va a preceder al gesto definitivo. Se trata de evidencias perceptibles para el corazón, pero que deben profundizarse a fin de hacerlas claras para el espíritu."



Albert Camus (1913-1960)



viernes, 6 de septiembre de 2013

Las criaturas mamíferas de Marina Perezagua



Los dos primeros libros de Marina Perezagua (Sevilla, 1978), publicados por la editorial Los Libros del Lince, se titulan Criaturas abisales (2011) y Leche (2013) y son dos colecciones de cuentos primorosamente escritos, desasosegantes en cuanto a temática y sensaciones plasmadas y que, en buena parte, encajan con la palabra Τερατεια, tal y como se define en el Poetical Lexicon of the Greek Lenguage (1830) de Edward Maltby  y que podemos sintetizar, como hace José Ángel Valente en su diario, el 4 de abril de 1976, con la expresión “la narración de lo extraordinario”. En efecto, los personajes de Marina se sitúan fuera de la regla común, desplazándose con soltura y determinación por el inmenso campo existente entre lo fantástico y lo alegórico.
Criaturas.abisalesJorge Luis Borges, en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, afirma que “un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto”, frase de calado que nos hace considerar aCriaturas abisales y Leche como si conformasen las dos caras de una misma moneda, caras opuestas, por tanto. Cada uno de los libros, en determinada manera, se opone al otro. En Leche se vislumbra un mayor dominio de la escritura, una mayor presencia de la autora, así como tramas más elaboradas. EnCriaturas abisales asistimos a la originalidad y a la fuerza mostrada por quien lucha para subir a la superficie desde el abismo. Pero, sobre todo, ambos volúmenes se complementan, se retroalimentan, aunque, cómo no, se puedan leer con goce independientemente uno de otro.
Continuando con la anterior idea borgiana, y siempre tras la atenta lectura de las dos obras, si analizamos los títulos, por ejemplo, en el primer conjunto de cuentos, Criaturas abisales, Marina trae hasta los ojos de los lectores a personajes fascinantes de las profundidades más remotas de su propio universo, en cambio en la segunda entrega, Leche, con esa simple palabra, nos devuelve a lo sencillo, a lo básico, a lo primordial, no en vano la leche es el alimento inicial que reciben las crías, las criaturas, y constituye el primer fluido vital para los mamíferos. Vemos sin dificultad la oposición que se genera, un título como reverso del otro. Pero también salta a la vista las características que comparten ambos libros en su encabezado y que luego se plasma dentro, en las páginas, en los cuentos, porque la leche, a pesar de estar tan presente en nuestras vidas, a pesar de enviar nuestro pensamiento a las antípodas de adonde lo envía lo abisal, al mismo tiempo, no deja de ser algo misterioso y atrayente, e igualmente viene de dentro, de lo profundo de una hembra.
Tampoco hay que obviar que la palabra leche, como vulgarismo, es utilizada como sinónimo de semen, fluido seminal masculino. Decían los estoicos que el Logos spermatikós, una de las manifestaciones más propias del Pneuma, contiene las semilas –spérmata– del mundo. Este hecho permite la comunicación entre todas las cosas del mundo y la existencia de armonía en el universo.
En consecuencia, lo femenino y lo masculino se encuentran interconectados por medio de una palabra dadora de vida, y así acontece con todo el arco que hay entre estos dos referentes, idea que subyace en los cuentos de Marina Perezagua, y no sólo en Leche, sino en ambos libros.
LecheLa prosa de la que hace gala la escritora en sus cuentos es cautivadora y certera, dos adjetivos que podrían colisionar si no estuviesen administrados por unas manos habituadas al trabajo de la palabra. La prosa de Marina Perezagua salió a la luz pública en mayo de 2011, cuando Enrique Murillo, director de Los Libros del Lince, con atinada visión, decidió apostar porCriaturas abisales, pero es obvio que la prosa de esta sevillana afincada en New York viene desde mucho más lejos en el tiempo, casi desde siempre.
Además de todo lo dicho, los cuentos de Marina Perezagua hacen pensar en ella como si fuese una zahorí, esto es, una persona con la facultad de descubrir lo que está oculto, especialmente manantiales subterráneos. Del primer manantial extrae criaturas y del segundo, leche. En ambos libros sale a la luz lo que estaba oculto en el interior, sacando a la vida –palabra fulgurante– nuevas vidas. Preferimos dejar con la intriga sobre esas creaciones, no desvelar el contenido de los cuentos de los dos libros de Marina para que los lectores puedan disfrutar del impacto sin protecciones. Nos quedamos con las ganas de apuntar los curiosos nombres o las extraordinarias características de sus criaturas, de señalar los sorprendentes, extraños y, a veces, aberrantes hechos narrados, de ahondar en alguno de los pasajes históricos escogidos del pasado para emplazar una determinada historia, un pasado que nos nutre, o nos envenena, un pasado imborrable en cualquier caso. La temática es rica, variada, y se tratan de manera original cuestiones fundamentales. Estamos ante una escritora que no podía quedar en silencio. Su voz literaria sustenta todas sus páginas. Una voz de la que Ray Loriga, en el prólogo a Leche, habla así: “Hay en la voz de esta autora, en su fraseo puño por puño, una sorprendente calma, una certeza, una bellísima esperanza. Algo late, algo vive, algo es, entre los escombros de nosotros mismos. Frente a la dureza de sus arrugadas texturas, la escritura de estas tenebrosas narraciones ofrece la firmeza de una voz inquebrantable, el ritmo austero y preciso de quien sabe por dónde anda, aunque camine por la oscuridad”.
Bienvenida a nuestras vidas, Marina, tu literatura está viva, lo conseguiste; tus criaturas abisales se gestaron y nacieron y tu leche, después, las ha nutrido. Como sabes, ahora hay infinidad de direcciones. La libertad está determinada por la elección. Escribir es elegir cómo afrontar la vida. “Se puso a llorar y después sonrió a través de sus lágrimas”, son palabras de Gérard de Nerval. Tus cuentos, como el llanto, como la risa, poseen ese doble cariz; no se puede crear algo terapéutico sin antes haber conocido lo dañino. El fuego es imposible sin el aire. El agua acaba en la tierra.


domingo, 3 de febrero de 2013

Cinismo versus Poder



Ambrose Bierce, con diecinueve años, se alistó como voluntario en el ejército de la Unión, incorporándose al noveno regimiento de Infantería de Indiana. La Guerra de Secesión (1861-1865) le ofreció el espectáculo de una humanidad estúpida y cruel y, como resultado, el joven soldado quedó estremecido por la capacidad de los seres humanos para buscar con avidez la manera de masacrar a sus semejantes con mayor eficacia.
 
Además, fue un hombre marcado por una infancia repleta de represiones junto a sus doce hermanos (él fue el décimo de los trece hijos) puesto que sus padres eran granjeros de profunda fe calvinista y se esforzaron con tenaz afán en instaurar un ambiente puritano en su familia. Durante toda su vida conservó un fuerte desprecio para con todos los suyos, tomando especial relevancia el odio sentido hacia su padre que trató de exorcizar en su escritura con la descripción de varios parricidios.
 
 
 
 
 

sábado, 5 de enero de 2013

Veinte años sin Juan Benet




“Escribo, en definitiva, porque me distrae, me entretiene, y es una de esas cosas de las que no me harto nunca: cuesta mucho, pero no decepciona”, esto afirmaba Juan Benet, singular y atrayente escritor que murió un 5 de enero de 1993, hace hoy, por tanto, veinte años.

Valgan estas palabras como homenaje.

 Juan Benet, en la construcción de sus novelas, desplazaba su visión desde la realidad histórica hacia la realidad fingida, creada a base de palabras primorosamente escogidas. Comprendiendo este punto, es más sencillo imaginar por qué Benet inventó un espacio para desarrollar su obra narrativa, Región, es decir, un territorio de ficción donde disfrutar de la libertad de quien no quería pagar el tributo que siempre se cobraba la realidad tan condicionada por la dictadura franquista. Un lugar mítico que, a pesar de estar muy bien descrito en sus libros, con precisión científica, se podía resumir así: “Una sierra al fondo, una carretera tortuosa y un monte bajo en primer plano.”

Es Gonzalo Sobejano quien menciona las conexiones de Región con los espacios de las obras de Faulkner y García Márquez. Sin embargo, el lector español es capaz de reconocerse en la experiencia de los personajes y de reconocer esa geografía. En otras palabras, la ficción como método de representación más fidedigna de la realidad: una de las paradojas literarias que Benet supo ver en una España dominada por el estrecho y unidimensional espejo del denominado ‘realismo social’.

Juan Benet siempre consideró a William Faulkner como a uno de sus maestros, y su primera gran influencia. Según contó en varias ocasiones, con ligeras variaciones, su encuentro con la literatura de Faulkner ocurrió en una librería de la calle San Bernardo de Madrid: mientras buscaba en los anaqueles obras de Kafka (ya que la “Metamorfosis” le había deslumbrado) un libro cayó al suelo, era “Mientras agonizo”, y se abrió por una página casi en blanco donde Benet leyó que Vardaman decía “Mi madre es un pez”. Quedó atraído y se llevó ese volumen a su casa. Poco tiempo después cayó en sus manos “Santuario”, que había publicado Espasa-Calpe a siete pesetas, y su admiración creció. Contaba Benet que llegó a comprar unos cien ejemplares de esa novela puesto que se la regalaba a todos sus amigos por el afán de compartir semejante descubrimiento.

También reconoce deudas literarias con Melville, Conrad, Proust y Euclides da Cunha (la lectura de “Los páramos” ejerció una notable influencia en su prosa). Y con la bebida. Con el whisky, en realidad. Pero no para obtener una inspiración artificiosa a fuerza de alcohol sino porque era uno de los elementos imprescindibles, junto al humo de los cigarrillos o los paseos por la habitación, para poner en funcionamiento la mecánica que requería para escribir sus textos.

Juan Benet, además, era ingeniero de caminos y dirigió la construcción de numerosas obras civiles, principalmente presas, canales y túneles. En un equilibro digno de mención, compatibilizó esa exigente profesión técnica con la también absorbente escritura.

De sus obras literarias, destacamos, por supuesto, “Volverás a Región” (1967), su primera novela, ya que con este libro, Benet abrió una puerta que proponía caminos literarios alejados del ‘realismo social’ imperante, llamando la atención de jóvenes escritores como Félix de Azúa, Vicente Molina Foix y Javier Marías. También sugerimos “Una meditación” (1970), novela concebida como un discurso ininterrumpido, sin puntos y aparte; para escribirla, inventó un exclusivo sistema de rodillo donde podía colocar un rollo de papel continuo. Y no nos podemos olvidar de su novela más ambiciosa, “Saúl ante Samuel” (1980), fruto de siete años de trabajo, ni de la que sería su última novela “En la penumbra” (1989). Asimismo, escribió relatos como los aparecidos en “5 narraciones y 2 fábulas” (1972)  y “Sub rosa” (1973). Y  brillantes ensayos, como se demuestra, por ejemplo, en “La invención y el estilo” (1966) y, rayando con las memorias, en “Otoño en Madrid hacia 1950” (1987).

Para terminar de trazar estos breves apuntes sobre el escritor madrileño, sería provechoso transcribir lo que en su opinión debía decir la Constitución; no hay duda de que Juan Benet sintetizó la Carta Magna al máximo, subrayando uno de los temas fundamentales en su literatura:

“Artículo único: el Estado español garantiza al español el derecho al fracaso.”

Ya lo decía la canción, “veinte años no es nada”.






miércoles, 1 de agosto de 2012

Fragmento de "Mortal y rosa"



“Artículos, artículos, artículos. Una forma de autodestrucción. He vuelto a hacer artículos. Cientos, miles de artículos. Los artículos, primero, fueron mi procedimiento para irme autoestructurando. Eran una construcción piedra a piedra, paso a paso, el hacerse un nombre, un hombre y una vida día a día, palabra a palabra. Ahora, consumado todo, son una autodestrucción, y con cada artículo voy quitando un soporte a mi vida, a mi obra, voy desarticulando pieza a pieza el armazón trabajoso e inútil de mi vida. Los críticos, los lectores, las gentes dicen que el escritor puede quemarse con tantos artículos, pero el escritor, contrito, aterido, solo, doliente, huérfano de todo, lo que quiere es eso, más que nada, y ha encontrado en el artículo una forma de arder, de desaparecer, una labor inútil y fragmentaria en la que deshojarse y morir. El artículo fue mi hacha de guerra, mi estilete, el arma que me dio la vida para entrar a saco y vencer, la espada corta y segura con que conquistar y construir un pequeño imperio personal. Y ahora lo vuelvo contra mí, desahogo mi obra en artículos, me disperso, me fragmento, porque hacer libros es construir con voluntad de pervivencia, con fe arquitectónica, y eso me resulta ya siniestro. He hecho algunos libros, no muchos, demasiados en todo caso. Y haré algunos más, quizás, atraído por el vértigo de la inutilidad, por esa concentración de vacío que es un libro. Pero lo que quisiera es este suicidio del artículo. Ya que no he tenido valor para destruir mi vida, voy a destruir mi obra, a fragmentar en artículos dispersos lo que pudiera haber sido un todo completo y edificado. Con cada artículo que escribo pierdo la posibilidad de hacer un poema, un ensayo, un relato, algo más resistente y continuo. Y así, en cada artículo entierro y amortajo para siempre una dirección de mi vida, o varias direcciones, dejándolo todo incompleto, insinuado, quebrado, roto, maltrecho y malogrado.
Estoy llegando, sí, a esta voluptuosidad negativa del artículo de periódico como sacrificio, como inmolación, como amortajamiento de criaturas que pudieron crecer y vivir. Con cada artículo desanudo un nudo de la trama de mi existencia, y me voy quedando suelto, ligero, vacío de posibilidades, irrealizado.
Con miedo, con sudor, con temblor, con frío, con calores, con inseguridad, con rabia, con luz o sin luz, escribo artículos todos los días y así hago el revés de mi obra, y contemplo el cristal suntuoso que pude fraguar, roto en los mil añicos de los artículos, deslogrado para siempre. No quiero hacer una obra, sino deshacerla. Me arranco artículos como el que se arranca la piel a tiras, como el leproso que se arranca la carne en pellas. He descubierto que el artículo es una brillante forma de fracasar.”


Francisco Martínez Pérez, alias Francisco Umbral (1932-2007)

jueves, 19 de julio de 2012

30 de enero-22 de febrero de 1854. Omsk.



"(...) Vivíamos amontonados, todos juntos en una sola barraca. Imagínate un antiguo y vetusto edificio de madera, que hacía mucho que debía haber sido derruido y que no podía seguir sirviendo por más tiempo. En verano hacía un calor sofocante y en invierno un frío insoportable. Todos los suelos estaban podridos y tenían una capa de suciedad de unos cuatro centímetros, en los que uno podía resbalar y caer. Las pequeñas ventanas se cubrían de escarcha, de manera que era casi imposible leer durante el día. Sobre los vidrios había como un centímetro de hielo. El techo goteaba, todo era una pura corriente de aire. Vivíamos como sardinas en un barril. Cuando encendían la estufa con seis troncos, no se sentía ningún calor (en la habitación el hielo apenas se derretía), pero el humo era insoportable: ahí tienes cómo era el invierno. Los presos lavaban su ropa en la barraca y salpicaban de agua toda la pequeña habitación. No había espacio para moverse. Desde que caía la noche hasta el alba no era posible salir para hacer tus necesidades, porque cerraban las barracas; colocaban en la puerta una tinaja pero eso hacía que el hedor fuera insufrible. Todos los presos apestaban como cerdos y decían que era imposible dejar de hacer porquerías porque 'el hombre es un ser vivo'. Dormíamos sobre las tarimas desnudas y se nos permitía solo una almohada. Nos cubríamos con pellizas cortas y los pies siempre estaban al desnudo durante la noche. Temblabas la noche entera. Había pulgas, piojos y cucharachas a montones. (...)"

(Fragmento extraído de la primera carta que Fédor Dostoievski envió a su hermano Mijail tras cumplir la condena a trabajos forzados en Siberia.)





Fédor Mijáilovich Dostoievski (Moscú, 11/11/1821-San Petersburgo 09/02/1881)


viernes, 6 de julio de 2012

Yo, de Jorge Luis Borges



La calavera, el corazón secreto,
los caminos de sangre que no veo,
los túneles del sueño, ese Proteo,
las vísceras, la nuca, el esqueleto.
Soy esas cosas. Increíblemente
soy también la memoria de una espada
y la de un solitario sol poniente
que se dispersa en oro, en sombra, en nada.
Soy el que ve las proas desde el puerto;
soy los contados libros, los contados
grabados por el tiempo fatigados;
soy el que envidia a los que ya se han muerto.
Más raro es ser el hombre que entrelaza
palabras en el cuarto de una casa.


Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986)





martes, 19 de junio de 2012

Atención



"Si fuese posible distinguir entre lo que se debe escribir y lo que no,
estaríamos ante el oficio más sencillo del mundo." Ray Loriga,
en su libro "Sombrero y Mississippi", 2010, El Aleph Editores




domingo, 6 de mayo de 2012

Devil



La tengo delante y se toca las tetas por encima del vestido cuando habla conmigo, como si con ella no fuera la cosa... No estoy haciendo lo que debo, no estoy escribiendo. Pero no me siento mal, sólo miro a ambos lados protegiendo mi alma. Regreso a su escote. Entonces se ríe, maliciosa, y sus ojos me prometen lo que saben que no me van a dar. Los guionistas no deberíamos conocer a las actrices protagonistas.
Todo el equipo de filmación nos observa. Es temprano por la mañana y han terminado los preparativos. Ellos se han de centrar únicamente en una serie de consignas, ya sean habladas o escritas, que han de aprender o que han de obedecer. En cambio, yo invento este mundo aquí y ahora y luego en mi habitación, con las palabras. Entre ellos soy una isla prodigiosa. Saben que conmigo no pueden. Aun así, la vigilancia, los juicios, la consciencia de los demás y los marcapasos me intimidan porque mis puntos flacos son demasiado fuertes. En mi película, la película que están rodando a partir de mi guión (el mismo guión que he de reescribir cada día), se verá esa debilidad que hay dentro de mí. Se verá al Diablo, por tanto. Diablo en inglés se dice Devil. Esto es, Débil con faltas de ortografía: sin tilde y con “v” en vez de “b”.
Aparecen las chicas de maquillaje pues han de darles los últimos retoques a los actores que van a tomar parte en la primera toma de la jornada. Son unas chicas estupendas, siempre cargando con sus frasquitos y potingues. Y con todas esas pastillas escondidas en los dobles fondos de sus bolsos. Estar colocado en este rodaje se ha vuelto obligatorio. Me quedan tantas escenas por corregir que o me drogo o no llego a tiempo a ningún sitio. Debería pasar más horas delante del portátil, o por lo menos más horas en mi habitación…, joder, si hasta me pagan una suite en el centro de la ciudad para que pueda escribir… En cambio, renuncio a esas comodidades y prefiero venir cada mañana a este maldito rodaje para ver si rodeado de tanta gente creativa se me pega algo. Jajajajaja. Sí, me río sólo de mis propias estupideces desde hace muchos años.

jueves, 26 de abril de 2012

París no se acaba nunca (fragmento)


"19
(...)
No había tardado mucho, gracias al libro de Unamuno, en encontrar la historia que contaría en mi novela (la de un manuscrito que pasaba de mano en mano y producía siempre la muerte de quien lo leía), pero me faltaban, tal como me había indicado la Duras en su cuartilla con instrucciones, detalles de todo tipo: saber, por ejemplo, que clase de estructura pensaba darle a mi historia. La encontré pronto, la encontré el día en que me di cuenta de que en realidad bastaba copiar la estructura de un libro ya existente y que a ser posible me gustara. Así de sencillo era, o así me lo pareció. No podía estar dando muchas vueltas al asunto problemas de estructura cuando aún quedaban pendientes otros que parecían más complicados, como, por ejemplo, unidad y armonía o técnica narrativa, y ya no digamos lo de registro lingüístico, que me pareció lo más enigmático. Así pues, en lo referente a la estructura, no convenía tener demasiados escrúpulos. Después de todo, me dije, los escritores jóvenes copian modelos, imitan a los escritores que les gustan, y a mí no me conviene arriesgarme por sendas más complicadas, pues me expongo a no escribir nunca.

¿Y qué libro me gustaba? Decidí elegir uno que no podía decirse precisamente que fuera de mi gusto (y no lo era porque no acababa de comprenderlo), pero que tenía una estructura que parecía de alto nivel intelectual, eso lo tenía yo bien claro. Y elegí a Vladimir Nabokov, que, valiéndose de un prólogo y de un voluminoso corpus de notas a un mediocre poema, había confeccionado de una forma inteligentemente enrevesada su novela Pálido fuego. No lo pensé dos veces y puse manos a la obra. Me dije que mi novela estaría organizada en forma de prólogo y comentarios a un manuscrito de prosa poética que iría en medio del libro. Escribí el prólogo y luego, una tras otra, fueron cayendo -con una exasperante lentitud, propia de mi condicón de escritor principiante- las diabólicas notas o comentarios tras los que, agazapada, estaba la Muerte del desprevenido lector, que sin darse cuenta, hacia la mitad del libro, leería el manuscrito que al término del volumen la maléfica narradora desvelaría que provacaba la muerte de todos cuantos lo lean."


Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948)



lunes, 23 de abril de 2012

La conjura de los necios (fragmento)



"DIEZ  III
Ignatius se sentía cada vez peor. La válvula parecía soldada; por mucho que saltase, no se abría. De las grandes bolsas de gas que tenía en el estómago salían descomunales eructos que iban abriéndose paso a traveés del tracto digestivo. Algunos escapaban ruidosos. Otros, nuevos cachorrillos quedaban alojados en el pecho y producían un ardor muy intenso.


 La causa material de su mala salud era, estaba convencido, el consumo excesivo de Productos Paraíso. Pero había otras razones, más sutiles. Su madre se mostraba cada día más audaz y más abiertamente hostil; empezaba a resultarle imposible controlarla. Quizás hubiese ingresado en un grupo terrorista de extrema derecha y eso la hacía ser beligerante y agresiva. De hecho había realizado recientemente una caza de brujas en la cocina, haciéndole toda clase de preguntas sobre su filosofía política. Era muy raro. Su madre siempre había sido claramente apolítica, sólo votaba a candidatos que pareciesen buenos con sus madres. Había apoyado con toda firmeza a Franklin Roosevelt en cuatro elecciones, no por el New Deal, sino porque su madre, la señora Sara Roosevelt parecía bien tratada y respetada por su hijo. La señora Reilly había votado también por la señora Truman de pie ante su casa victoriana de Independence, Missouri, y no concretamente por Harry Truman. Para la señora Reilly, Nixon y Kennedy habían significado Hannah y Rose. Los candidatos sin madre la desconcertaban, y cuando en la elección no había madre, se quedaba en casa. Ignatius no podía comprender aquel torpe y repentino interés por proteger el Sistema Norteamericano frente a su hijo."


John Kennedy Toole (1937-1969)

miércoles, 4 de abril de 2012

La hora del desayuno



Llamémosle Adolfo. Tras levantarse con gran dificultad de la cama, comprobó que a las siete de la mañana la realidad persistía en su demoledora realidad. Con los pies fríos, pues no se había calzado, y oyendo las agudas voces de los dibujos animados que su hijo menor, B., exigió ver para no serguir berreando, Adolfo se sentía estúpido mientras trataba de escribir. Además ni siquiera estaba correctamente sentado; al contrario, parecía que su culo en el asiento le dijese que no iba a durar mucho tiempo ahí y eso que era el primer día de lo que esperaba fuese la sana costumbre de comenzar el día con la escritura.
Pero claro: sobre qué escribir.
Se acomodó mímimamente.
Qué poco silencio.
Cuánta luz.
Los dibujos en la televisión eran como suaves y molestísimos codazos en su barriga. Adolfo, en estas situaciones, deseaba estar solo aunque sabía que solo sería comida fácil para los lobos.
Los lobos eran él mismo.
La ciudad, K., con sus calles y sus oficinas, llamaba a sus inquilinos. El rumor de los coches tras las ventanas se intensificaba y él pensaba en el dinero de la cuenta familiar que se iba agotando a pesar de sus esfuerzos por contener gastos. Demasiado tiempo sin un trabajo estable, sin un sueldo. Le daba pavor no poder pagar las facturas. Y directamente se cagaba en los pantalones cuando era consciente de que, si seguían así las cosas, no estaba lejos el día en que no podría pagar la hipoteca. Y a pesar de todo esto, ahí estaba este hombre, a las siete y veintitantos minutos, queriendo escribir y sin poder hacerlo.
Cuando por fin parecía que su mano alcanzaba la temperatura adecuada para pergeñar alguna idea sobre el papel, las toses de su hijo mayor, D., aún en la cama, elevaron su fragor hasta que en pocos minutos Clara, su mujer, estuvo delante de él, con cara de pocos amigos, asombrada de verlo tan pronto frente a unas cuantas hojas en blanco que, por si Adolfo no lo sabía, ella le recordaba que no se podían comer.
El capítulo de la serie de dibujos animados que veía B. se terminó de repente. D., tras salir de la habitación, se subió en los brazos de su madre. Tres pares de ojos le observaban. Dejó el bolígrafo con exagerada lentitud. No había dudas. Era la hora del desayuno.

martes, 24 de enero de 2012

El Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce



En 1861 Ambrose Bierce, con 19 años, se alistó como voluntario en el Ejército de la Unión. La Guerra de Secesión le ofreció el espectáculo de una humanidad estúpida y cruel, quedando, tras esa experiencia en el frente, estremecido por la capacidad de los hombres para buscar ávidamente la manera de masacrar a sus semejantes con mayor eficacia.

Además fue un escritor marcado por una infancia sórdida en una cabaña en Ohio junto a sus padres, granjeros de fe calvinista, y a sus doce hermanos (él fue el décimo de los trece hijos). Durante toda su vida conservó un fuerte odio para todos los suyos, tomando especial relevancia el odio sentido hacia su padre, que trató de exorcizar en su escritura con la descripción de varios parricidios.

Su estilo está dominado claramente por la ironía, con un humor ácido y mordaz. La misantropía y el pesimismo son dos características que también saltan a la vista al leer sus escritos. Además ejerció de crítico corrosivo de la corrupción política en EE.UU. Y de lúcido observador del caótico devenir de la humanidad.