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sábado, 5 de abril de 2014

Veinte años sin Kurt Cobain




Lo encontró muerto un electricista apellidado Smith
el 8 de abril de 1994, sin embargo los forenses establecieron
que llevaba muerto desde el 5.

martes, 25 de febrero de 2014

El enemigo intratable de Burgess



La vida de Anthony Burgess cambió en 1959, concretamente en el momento en que consiguió la baja por invalidez del Servicio Colonial Británico; un lustro antes había solicitado empleo como profesor —fue destinado a Malasia primero y a Borneo después—. Tenía cuarenta y dos años y el diagnóstico de un tumor cerebral maligno. Así las cosas, regresó a Inglaterra con su mujer, Lynne, y se dedicó a escribir frenéticamente (“En un año había completado cinco novelas, relatos cortos, un par de obras de teatro  y varios guiones para programas de radio”) como si  hubiese interiorizado hasta sus últimas consecuencias lo que afirmaba Miguel de Unamuno en ‘Cómo se hace una novela’ (1927): La literatura no es más que muerte.

Sin embargo, pronto quedó en evidencia que su final no estaba tan próximo como se suponía, lo que no mermó su dedicación a la escritura, pues Burgess pensaba que “el ser escritor requiere una práctica continua; siempre es más difícil poner en marcha un motor cuando lleva tiempo apagado. Ahora tiendo a publicar una novela por año, que combino con trabajos académicos de temas diversos (filología, música o literatura). Encuentro que escribir un libro académico de vez en cuando estimula la creatividad.”

Fruto de esa intensa actividad creadora surgió en 1962 la que sería su novela más famosa, ‘A clockwork orange’, la novela que sin dudas se asocia al nombre de Anthony Burgess en primer lugar. Gran parte de este reconocimiento vino en 1971 cuando el director de cine Stanley Kubrick llevó esa historia a la gran pantalla. La película de Kubrick generó fuertes controversias, pues muchas voces se alzaron para acusar a la película sosteniendo que aquellas imágenes alentaban la violencia.

Durante toda la década del sesenta continuó Burgess con ese ritmo frenético de escritura. Publicó bajo el seudónimo de Joseph Kell dos novelas, ‘One hand clapping’ en 1961 e ‘Inside Mr Enderby’ (primera de una serie de cuatro novelas sobre el poeta Francis Xavier Enderby) en 1963. También escribió una novela corta ‘The Eve of Saint Venus’ con ilustraciones del artista australiano Edward Pagram y un estudio sobre Shakespeare titulado ‘Nothing like the sun: a story of Shakespeare’s love life’.
En los setenta destacan tres novelas ‘Honey for the bears’, ‘Tremor of intent’ y ‘Enderby outside’. Esta última surgió de las experiencias vividas en los dos viajes que Burgess realizó a Tánger para visitar a Burroughs.
En 1980 publicó la que es considerada su obra más conseguida y profunda, ‘Earthly powers’. Fue recibida con grandes elogios por la crítica. George Steiner la describió como “una luz en el panorama literario, un triunfo de la imaginación y la inteligencia que eleva al género de la novela a la altura del gran arte.” ‘Earthly powers’ ganó el Premio Charles Baudelaire y el Prix du Meilleur Livre Etranger en Francia (1981).

Burgess también era músico y compuso cerca de doscientas piezas musicales durante toda su vida, alcanzando repercusión con muchas de ellas. Por ejemplo, su ballet sobre la vida de Shakespeare, ‘Mr WS’, fue transmitido por la BBC. Además, compuso acompañamientos para textos de T. S. Eliot, James Joyce, D. H. Lawrence y Gerard Manley Hopkins. E incluso se atrevió con el ‘Ulysses’, pues en 1982 realizó una adaptación musical, titulada ‘Blooms of Dublin’, de la obra magna de Joyce. El escritor irlandés está muy presente en las páginas de Burgess, como él mismo reconocía:
“De alguna forma mi ideal novelístico debe mucho a la influencia, no siempre positiva, de James Joyce, el novelista más innovador que ha existido, quizás con la excepción de Laurence Sterne, por el que siempre he sentido una gran devoción. Escribir a su sombra es una lección de humildad. En su obra veo reflejados la mezcla de talentos y el rechazo al catolicismo que caracterizan a mi propia obra.”

En los noventa Anthony Burgess, nacido en Manchester el 25 de febrero de 1917, contaba ya con más de setenta años. Por supuesto siguió escribiendo y publicando: ‘Mozart and the wolf gang’ vio la luz en 1991; y en 1993, ‘A dead man in Deptford’, su última novela publicada en vida puesto que ese mismo año murió de cáncer de pulmón en Londres, el 22 de noviembre. Vivió, como hemos comprobado, bastante más tiempo del que el diagnóstico de 1959 había pronosticado. Y el escritor no  desaprovechó esa larguísima prórroga: escribió desaforadamente porque, como confiesa en sus memorias, albergaba “la esperanza sin esperanza de dominar por fin el idioma, ese enemigo intratable”.




sábado, 22 de octubre de 2011

La mirada de Casagemas


En 1901, profundamente afectado por el suicidio de su amigo Carlos Casagemas, Pablo Picasso (que cuenta por aquel entonces con 19 años) cae en un estado de honda tristeza. De manera inevitable, este trágico suceso le lleva a reflexionar sobre el sentido de la vida y a enfrentarse a la muerte, viéndola quizás como un todo devorador, es decir, la nada.

En sus pinturas, este desasosiego en su ánimo, se filtra, y desde 1901 a 1904 asistimos a una etapa llena de introspección y melancolía. Es el llamado “Periodo Azul”.

Hay un cuadro de Picasso que refleja sin lugar a dudas esta inquietud existencial. Se trata de La Vida (Barcelona, 1903), una de las obras más meditadas de su juventud. Picasso realizó numerosos bocetos preparatorios, en ellos se pueden observar variaciones en la composición de los personajes y que la figura masculina empezó siendo un autorretrato para acabar representando a Casagemas. En La Vida, de esta manera, Picasso permite salir definitivamente sus angustias referidas a su amigo muerto. Se podría decir que esta pintura proviene de sus subsuelos psíquicos por lo que el simbolismo (no deliberado) adquiere gran importancia. Y por ello el cuadro se presta a múltiples interpretaciones. Punto crucial en este hecho es, a mi entender, la mirada del propio Casagemas. Es una mirada penetrante y aún así no deja de mostrar desamparo, incluso fragilidad. Además hay algo en sus ojos, ¿qué ven? Ya pueden quebrarse la cabeza los exégetas: en su incapacidad para lograr fijar con claridad, exactitud y precisión ese algo está la genialidad de Picasso.