Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de junio de 2015

Edmond Jabès



"Edmond Jabès considera que escribir es responder a todas las voces del pasado y a la propia, a una voz profunda e íntima que interpela al porvenir."
(Cuesta Abad, en el artículo La raíz del fragmento, Revista La alegría de los naufragios, p. 30)


Edmond Jabès (1912-1991)




miércoles, 5 de noviembre de 2014

Non serviam




¿Quién dijo esto por primera vez?
¿Y por qué?
Me gustaría pensar que, quien lo dijo, lo hizo porque quería rebelarse contra el poder impuesto, contra ciertas potestades ganadas no ya por los méritos o capacidades sino por delegación lejana y genealógica. El paraíso, entonces, dejó de ser paraíso. Y los dioses se hicieron necesarios. En realidad, aunque nos cuentan lo contrario, en el paraíso no había dioses porque nadie estaba por encima de nadie, ni tampoco por debajo. Es más, la misma idea de que un regente es algo superior es ridícula, un regente de esta realidad está compuesto por las mismas trazas que su súbdito. Sin embargo, les otorgamos, y se otorgan, poder en forma de títulos (reyes, presidentes, directores, etc.) o en forma material por disponer de dinero, el curioso papel con tinta que estratifica a las personas al detalle. Crear estratos en la base de la sociedad. En cualquier caso, el dinero llega hasta cierto lugar, luego hay cuestiones más sutiles relacionadas con la sangre y con la genealogía que no se pueden comprar. Al menos inmediatamente. En el paraíso todo esto no existía. No existían los clanes ni el dinero. Todo vino después de la expulsión..
El ser humano, al menos desde que nuestra estirpe fue expulsada del paraíso, comparte una similitud muy grande con el ángel caído. Este también fue expulsado, esta vez del cielo. Aunque cielo y paraíso son casi sinónimos en el sentido de lugares perfectos. Es decir, si fue el ángel caído quien dijo primero Non serviam, que está por ver, y esto le acarreó la expulsión, pues vemos claramente que a nosotros nos ocurrió algo parecido aunque de manera más inocente ya que desobedecimos picados por la curiosidad y no como un acto de afirmación. Además en el relato de nuestra expulsión aparece como principal protagonista la serpiente (símbolo, entre otros, del ángel caído) incitando a esa acción en contra de los mandatos de dios. Es obvia y patente la relación del ángel caído con el ser humano y la expulsión de cierto lugar idílico. Colegir que por tanto el ser humano es el ángel caído es quizás dar un paso muy grande, pero al menos podemos asegurar que algo muy parecido nos sucedió a los dos. Como consecuencia de ser expulsados, para nosotros (y para el ángel caído aún más), ya aparece el arriba y el abajo; es como si el paraíso constituyese una dimensión superior, más perfecta, y la tierra, con su realidad en tres dimensiones y sometida al tiempo, fuese algo inferior, con más sufrimiento.
Non serviam, debido a estas historias, es una expresión estigmatizada. Es su pronunciación y su ejecución la que acarrea la expulsión del paraíso. Por supuesto, está asociada a Lucifer, Mefistófeles o Lilith, o sea, asociada al mal, a la tentación, a la querencia de poder, etc., cuando en realidad tan sólo es una declaración de rechazo de la esclavitud. Por eso, en este tiempo de esclavitud encubierta en bellos ropajes de libertad y autoexpresión, me parece fundamental recuperar su significado literal, despojado de todo lo superfluo, esto es, no serviré, esto es, no quiero servir, esto es, no quiero ser esclavo. No ser esclavo no significa no aceptar el lugar que nos corresponde, el lugar que ahora mismo ocupamos. No debemos servir al universo, pero debemos respetarlo como el universo fuera nosotros mismos, como por otra parte en realidad es; no debemos servir a la naturaleza, pero debemos respetarla como si fuese nosotros mismos, como en realidad es; no serviremos al cielo, pero debemos respetarlo como si fuese nosotros mismos, cosa que realmente es. Y así con todo lo existente.
Estamos llegando al umbral en cada uno de los frentes abiertos, en cada una de las formas de búsqueda de respuestas que hemos ideado los humanos. El arte y la ciencia, como avanzadillas que son, lo llevan diciendo tiempo ya. Estamos en las fronteras del mundo. Pudiera ser que lo que nos expulsó del paraíso, sea lo que nos regrese a él.





lunes, 2 de abril de 2012

Gigante


Ya no se trata de no perder la cabeza, ni de bordear los abismos, sino de enfrentar mi universo y hacerlo habitable, es decir, convertirme en un gigante que no se crea mayor que nadie.


Estrella de cinco puntas, Orozco (2010)

sábado, 10 de marzo de 2012

El papel lo aguanta todo




En la radio, en el programa "En días como hoy", escuchó E. (hace tiempo) que unos expertos (Ingenieros de Caminos, como E., por cierto), en respuesta a la pregunta de J. R. Lucas sobre si el agua es un derecho o una mercancía, dijeron (ambos dos) que es un derecho y se quedaron tan panchos.

Venga, sí, sigamos creyéndonos las mentiras. A ver, ¿qué pasaría si dejas de pagar por el agua que consumes? Pues que te cierran el grifo, y búscate la vida. ¿Pero no era un derecho? Claro, como la vivienda o el trabajo. El papel (o las ondas en frecuencia modulada) lo aguanta todo. Porque sobre el papel este es un mundo, prácticamente, perfecto, con sus flamantes derechos humanos, con tan pocos deberes.

En nuestro país, por ejemplo, sobre el papel, hablo de la "Constitución Española", todos somos iguales ante al Ley; no hay racismo, ni abusos de poder, y en el hipotético caso de que existiesen, se castigarían con rigor; todos tenemos casa, trabajo, agua y médicos; las mujeres y los hombres no profesamos religiones ni, en consecuencia, nos peleamos con otros hombres y mujeres por defender nuestras creencias; también se respeta a la tercera edad, a los niños, a los demás, en definitiva. Sobre el papel solo hay guerras justas, muertos que se lo merecían bajo cualquier prisma posible, en las cárceles solo hay culpables y tras estar ahí salen reformados y con unas ganas locas de integrarse en una sociedad que demuestra poseer la (extraterrestre) capacidad de perdonar.



sábado, 4 de febrero de 2012

El bisturí


En literatura siempre conviene elegir el bisturí para seccionar lo que sobra, pues es bien sabido que al cortar con las tijeras aparecen imperfecciones.


viernes, 25 de noviembre de 2011

¿Cuál es la finalidad del arte?



En primer lugar, antes de abordar el asunto de la finalidad del arte, creo imprescindible exponer primero qué es el arte. Por supuesto hay que aceptar la gran dificultad que entraña una definición a priori del arte. La ambición al proponer distintas explicaciones será la de provocar una reflexión que efectúe una especie de vaivén entre dos enfoques (el enfoque que tiene en cuenta el hacer, la factura, el objeto que se fabrica o construye, y el enfoque que apunta a la sensibilidad humana que aprecia ese resultado) además de indagar en esos aspectos que los diccionarios o manuales dejan inexplorados (en pos de buscar el mayor consenso posible). Por ejemplo, Joseph Joubert opinaba que “el arte consiste en esconder el arte”, es decir, que es esencial que en la obra terminada no aparezca nunca la dificultad, o en palabras de André Gide: “el arte supremo es el que no se deja reconocer de buenas a primeras”, cita que en principio podría llevarnos a pensar que contradice a la primera (y en cierta manera es cierto), pero que en realidad constituye un complemento, completando la significación de la sentencia de Joubert que, por otra parte, nos retrotrae al principio aristotélico: “La finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no el copiar su apariencia.”

Otra reflexión muy acertada, a mi entender, es la de Dino Formaggio, el filósofo italiano muerto en 2008, autor de obras como La muerte del arte y de la estética, que apuntó que “arte es todo aquello que los hombres llaman arte”; esto es, en la actualidad, despojándose de prejuicios y yendo al meollo de la cuestión, lo que convierte a algo en arte es que sea llamado arte. Tan simple como cierto. Esa función la ostentan hoy los grandes museos, por ejemplo, y para ello hay que proponer una argumentación que justifique su inserción en el ámbito/industria artístico/a,  y que sea aceptado por los críticos de arte y los mandamás de universidades, bibliotecas, galerías, o por la mayoría, así como los coleccionistas y demás especialistas. Por este motivo, a todos, a su heterogéneo conjunto, podríamos otorgar el título de Los Custodios del Canon. Si estos señores dicen que un urinario colocado al revés en el museo de New York es arte, un urinario colocado al revés es arte. Por supuesto, no siempre el Canon es el mismo, está en constante evolución. Con total seguridad se puede afirmar que La fuente de Duchamp no habría adquirido semejante estatus en la Ilustración, por citar un ejemplo. Quizás tampoco lo alcance en el futuro, pero, eso sí, ya se ha ganado un lugar destacado, y merecido, no crean lo contrario, en la Historia del Arte del siglo XX. Duchamp fue el primero en darse cuenta de este hecho, en 1917, y no se le puede restar mérito. Fue Jacques Vaché, amigo de André Breton, quien dijo: “El arte es una estupidez”, lástima que se suicidase poco después (1919), con tan solo veintitrés años.

Es decir, observamos que definir con claridad qué es el arte es una tarea prácticamente imposible, y la dimensión de un estudio en profundidad abarcaría, al menos, la extensión de una tesis, pero no por ello deja de ser importante haber tratado el concepto del arte como introducción para tener los mimbres para responder a la pregunta que propicia este brevísimo ensayo, volviendo de esta manera al punto de partida: ¿cuál es la finalidad del arte?

Propongo en primer lugar una reflexión de Susan Sontag: “La actitud realmente seria es aquella que interpreta el arte como un medio para lograr algo que quizás solo se puede alcanzar cuando se abandona el arte.” Susan Sontag propone el arte como medio para lograr algo, y no puede ser más cierto; eso sí, lo que cada cual quiera lograr y hasta dónde se está dispuesto a llegar para conseguirlo, es ya otro asunto. Pudiera ser que Vaché intuyese esta verdad demasiado pronto, es más, pudiera ser que se encuentre ahí el motivo de tanta muerte por propia mano entre los artistas.

Pero a qué nos referimos cuando hablamos de “finalidad”. Consultando el DRAE, se observa que “finalidad” significa “fin con que o por que se hace algo”, por lo que me permito transformar la cuestión inicial en cualquiera de estas dos: ¿cuál es el fin con el que se hace arte? o ¿cuál es el fin por el que se hace arte?
La pregunta, sea la primera o la segunda, parece menos envenenada ahora (recordemos que “fin” es sinónimo en este caso de “motivo u objeto”) y parece sugerir que sería conveniente dar voz a los artistas si se quiere disertar sobre las distintas posibilidades que surgen al querer desentrañar las múltiples respuestas. No en vano, los artistas son quienes buscan algo al realizar sus obras, o sea, una finalidad, pues siempre hay un objetivo incluso en los casos en los que se persigue negar esa finalidad (cosa poco común, por otra parte).

En general, podemos señalar que la finalidad del arte será expresar sentimientos, o propiciar la comunicación, o el hallazgo de una estética. También el deleite. O la transmutación de la realidad. En consecuencia, finalidades hay tantas como artistas. La alegría de Gauguin no es la alegría de Van Gogh, ni la tristeza de Lorca es la tristeza de Vallejo. Cada ser humano es un mundo en sí mismo.
Esta faceta humana del arte, vista con mayor amplitud, nos lleva a considerar como parte fundamental del hecho artístico al público. En otras palabras, cuando perseguimos concretar una respuesta coherente a ¿cuál es el fin por el que se hace arte?, no se puede soslayar la importancia de los ojos que admiran un cuadro, ni tampoco de los oídos que gozan de la música de una orquesta sinfónica, porque en estos individuos existe un bagaje intelectual, espiritual o simplemente social que sus sentidos estimulan al enfrentarse al arte.

En consecuencia, afirmamos que, además de todo lo expuesto anteriormente, hay tantas finalidades también como personas que contemplan (o contemplaron o contemplarán) la obra de arte, pues son estas quienes cierran el círculo, los destinatarios finales, abriendo un universo prácticamente infinito poblado por sus propias reacciones sentimentales e interpretaciones subjetivas.