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sábado, 15 de marzo de 2014

Za Za, emperador de Ibiza



El abismo de la felicidad

Reseña de Estanislao M. Orozco
sobre
“Za Za, emperador de Ibiza”, la nueva novela de Ray Loriga





Ayer, jueves 13 de marzo de 2014, tuve, cosa inusual, la mañana para mí tras la cancelación de un trabajo. Decidí, en un rapto de inspiración, ir a fnac y leer la nueva novela de Ray Loriga, “Za Za, emperador de Ibiza”, que ha publicado Alfaguara. En otras circunstancias, la hubiese comprado sin dudarlo pero, para decirlo con suavidad, mis arcas no atraviesan su mejor momento y, además, hace años “Ya sólo habla de amor” me había decepcionado (aun reconociendo que es una obra muy bien escrita que desnuda la ruptura amorosa sufrida por el escritor) porque el motor de la novela, esto es, lo del baile en la embajada Suiza, era deficiente, una trama sin fuerza que no podía hacer andar nada. Pero regresemos a la mañana de ayer jueves. Y ahí estoy yo, aparcando la moto, llegando a fnac, sentándome en una butaca blanca algo sucia con “Za Za, emperador de Ibiza” entre las manos, y con cierta prisa, lo reconozco, porque únicamente tenía unas cuatro horas para leerme la novela: eran, en ese momento, sobre las once de la mañana y debía recoger del colegio a mis dos hijas a las tres y media, y el colegio no estaba precisamente cerca de la fnac

Pues bien, me puse a leer sin demora y con el acelerador levemente presionado, una lectura que obviaba, en consecuencia, el detalle, una lectura que no podía detenerse lo que hubiese deseado en determinados párrafos…, lo cual ayudó a restarle profundidad a la novela, a considerarla mero entretenimiento: un suceso no circunstancial, relevante a todas luces, que Ray Loriga –intuyo– ha buscado y en mí, precipitado por la exigida velocidad de la lectura, conseguido. En otras palabras, me barrunto que Loriga ha querido engatusar al lector, incluso al crítico ‘resultadista’[1], con las capas superficiales de la novela, y que lo ha logrado en muchas ocasiones. Sin embargo, si se lee con atención, o si se relee (como yo estoy haciendo ahora mentalmente al escribir esta reseña), la profundidad es innegable: baste recalcar que la felicidad es el abismo que sustenta la novela. Digámoslo ya, el escritor inventa, y hace muy bien –para qué amargarse– una droga perfecta que proporciona felicidad, una felicidad plena pues “no hay día de después” (cito de memoria), o sea, no hay salida, o final, de la felicidad creada con la droga. Una droga, un placebo…, ya puestos, da igual. Es cierto que también, como se ha dicho, quizás en demasía, Loriga ha querido divertirse y divertir con “Za Za, emperador de Ibiza”, cosa que en ocasiones logra, y un servidor no es de carcajada fácil. Es cierto que Loriga también proporciona otras cuantas profundidades aledañas, como la posible independencia de un territorio, la geopolítica del narcotráfico o la neuropsicología, pero no calan demasiado porque son necesarias únicamente para ocultar el abismo de la felicidad que sustenta la novela, es como si Ray hubiese ideado una serie de inhibidores que dificultasen el descenso al verdadero nivel desde el que se ha creado esta novela, el nivel de la desesperación, tan actual, por cierto; por eso el escritor nos engatusa con sexo, drogas, fiestas y lujo made in Ibiza, con los tópicos ibicencos, en definitiva, y que se agradecen, no vayan a equivocarse; por eso aparecen en la novela referencias a la DEA (Drug Enforcement Administration), a Obama, o al Dueño del Agua. Por eso se muestra todo el oropel en primer plano, tan obvio. Pero hay que mirar más allá, o mejor dicho, con mayor atención, enfocando los detalles. Esto me recuerda al principio de la novela, cuando Zacarías Zaragoza, alias Za Za, el protagonista, por supuesto, en una de esas tiendas de ropa del puerto de Ibiza, duda qué camisa comprarse entre dos camisas a simple vista idénticas y para decidirse inspecciona cuidadosamente las costuras de ambas, percatándose de las sutiles diferencias en la calidad de estas. Así, ya con los ojos más abiertos, si releemos determinados pasajes (cosa que yo estoy haciendo ahora en mi cabeza), percibimos el minucioso trabajo del escritor para ir contando en imágenes dobles lo que en realidad ocurre, esto es, superponer felicidad y verdad, imaginación y realidad; y pienso ahora en la llegada del enorme yate al puerto de Ibiza, obviamente llamado ZAZA, como la droga perfecta de la novela, cuando comienza la acción, como también pienso ahora en el helicóptero que entrevé Za Za, despegando de ese lujoso barco, o Zulema, la simia, y Zulema, la hermosa Lolita con dotes adivinatorias, personaje que ve, o que ya ha probado, el futuro… Son estas, y muchas más, las distintas capas que van dando profundidad a una novela que, en principio, se nos antoja superficial, pero que, creo que a estas alturas queda claro, no lo es. El escritor de cuarenta y siete años recién cumplidos ha elegido este recurso para enfatizar ese descenso a la oscuridad de la felicidad, allí donde es posible confrontar verdad y felicidad, la máscara con su dueño. “Za Za, emperador de Ibiza” nos incita a replantearnos qué es la felicidad, qué seríamos capaces de dar a cambio de una felicidad perfecta y a nuestra medida. Es entonces cuando Ray Loriga nos saca del sueño, de su sueño, con un manotazo de verdad, repentino, que me pareció lo mejor del libro. El escritor dinamita sin atisbo de duda el edificio construido bien que mal por las disparatadas aventuras de Za Za para que sea engullido hacia las profundidades en un santiamén, como aquel impactante agujero que se llevó algunas viviendas y dos vidas en Guatemala en 2010.

De hecho, recuerdo todavía un par de segundos –impagables– en los que sentí cierto mareo tras esa desaparición súbita que precipita el final de la novela e imponía, en mi caso, el regreso exprés desde las páginas del libro hacia la realidad de las tres de la tarde, momento de encaminarme hacia el abismo de la felicidad de tener que recoger a mis dos hijas del colegio, y que, luego, estuviesen allí esperándome; esa felicidad imperfecta, pero de verdad, y frágil y fugaz porque se están peleando por una hebilla del pelo de color rojo, la misma hebilla que no les importaba nada ayer, la misma hebilla que mañana, y en un puñado de minutos, estará tirada sin que nadie le haga caso, una hebilla de repente muy especial e importante aunque tengan en casa cincuenta hebillas del pelo más, también algunas rojas, de todos los colores, en realidad.






[1] Término extraído del argot futbolero cuya significación, supongo, Ray Loriga, gran conocedor del fútbol, habrá de apreciar en su totalidad.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Las criaturas mamíferas de Marina Perezagua



Los dos primeros libros de Marina Perezagua (Sevilla, 1978), publicados por la editorial Los Libros del Lince, se titulan Criaturas abisales (2011) y Leche (2013) y son dos colecciones de cuentos primorosamente escritos, desasosegantes en cuanto a temática y sensaciones plasmadas y que, en buena parte, encajan con la palabra Τερατεια, tal y como se define en el Poetical Lexicon of the Greek Lenguage (1830) de Edward Maltby  y que podemos sintetizar, como hace José Ángel Valente en su diario, el 4 de abril de 1976, con la expresión “la narración de lo extraordinario”. En efecto, los personajes de Marina se sitúan fuera de la regla común, desplazándose con soltura y determinación por el inmenso campo existente entre lo fantástico y lo alegórico.
Criaturas.abisalesJorge Luis Borges, en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, afirma que “un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto”, frase de calado que nos hace considerar aCriaturas abisales y Leche como si conformasen las dos caras de una misma moneda, caras opuestas, por tanto. Cada uno de los libros, en determinada manera, se opone al otro. En Leche se vislumbra un mayor dominio de la escritura, una mayor presencia de la autora, así como tramas más elaboradas. EnCriaturas abisales asistimos a la originalidad y a la fuerza mostrada por quien lucha para subir a la superficie desde el abismo. Pero, sobre todo, ambos volúmenes se complementan, se retroalimentan, aunque, cómo no, se puedan leer con goce independientemente uno de otro.
Continuando con la anterior idea borgiana, y siempre tras la atenta lectura de las dos obras, si analizamos los títulos, por ejemplo, en el primer conjunto de cuentos, Criaturas abisales, Marina trae hasta los ojos de los lectores a personajes fascinantes de las profundidades más remotas de su propio universo, en cambio en la segunda entrega, Leche, con esa simple palabra, nos devuelve a lo sencillo, a lo básico, a lo primordial, no en vano la leche es el alimento inicial que reciben las crías, las criaturas, y constituye el primer fluido vital para los mamíferos. Vemos sin dificultad la oposición que se genera, un título como reverso del otro. Pero también salta a la vista las características que comparten ambos libros en su encabezado y que luego se plasma dentro, en las páginas, en los cuentos, porque la leche, a pesar de estar tan presente en nuestras vidas, a pesar de enviar nuestro pensamiento a las antípodas de adonde lo envía lo abisal, al mismo tiempo, no deja de ser algo misterioso y atrayente, e igualmente viene de dentro, de lo profundo de una hembra.
Tampoco hay que obviar que la palabra leche, como vulgarismo, es utilizada como sinónimo de semen, fluido seminal masculino. Decían los estoicos que el Logos spermatikós, una de las manifestaciones más propias del Pneuma, contiene las semilas –spérmata– del mundo. Este hecho permite la comunicación entre todas las cosas del mundo y la existencia de armonía en el universo.
En consecuencia, lo femenino y lo masculino se encuentran interconectados por medio de una palabra dadora de vida, y así acontece con todo el arco que hay entre estos dos referentes, idea que subyace en los cuentos de Marina Perezagua, y no sólo en Leche, sino en ambos libros.
LecheLa prosa de la que hace gala la escritora en sus cuentos es cautivadora y certera, dos adjetivos que podrían colisionar si no estuviesen administrados por unas manos habituadas al trabajo de la palabra. La prosa de Marina Perezagua salió a la luz pública en mayo de 2011, cuando Enrique Murillo, director de Los Libros del Lince, con atinada visión, decidió apostar porCriaturas abisales, pero es obvio que la prosa de esta sevillana afincada en New York viene desde mucho más lejos en el tiempo, casi desde siempre.
Además de todo lo dicho, los cuentos de Marina Perezagua hacen pensar en ella como si fuese una zahorí, esto es, una persona con la facultad de descubrir lo que está oculto, especialmente manantiales subterráneos. Del primer manantial extrae criaturas y del segundo, leche. En ambos libros sale a la luz lo que estaba oculto en el interior, sacando a la vida –palabra fulgurante– nuevas vidas. Preferimos dejar con la intriga sobre esas creaciones, no desvelar el contenido de los cuentos de los dos libros de Marina para que los lectores puedan disfrutar del impacto sin protecciones. Nos quedamos con las ganas de apuntar los curiosos nombres o las extraordinarias características de sus criaturas, de señalar los sorprendentes, extraños y, a veces, aberrantes hechos narrados, de ahondar en alguno de los pasajes históricos escogidos del pasado para emplazar una determinada historia, un pasado que nos nutre, o nos envenena, un pasado imborrable en cualquier caso. La temática es rica, variada, y se tratan de manera original cuestiones fundamentales. Estamos ante una escritora que no podía quedar en silencio. Su voz literaria sustenta todas sus páginas. Una voz de la que Ray Loriga, en el prólogo a Leche, habla así: “Hay en la voz de esta autora, en su fraseo puño por puño, una sorprendente calma, una certeza, una bellísima esperanza. Algo late, algo vive, algo es, entre los escombros de nosotros mismos. Frente a la dureza de sus arrugadas texturas, la escritura de estas tenebrosas narraciones ofrece la firmeza de una voz inquebrantable, el ritmo austero y preciso de quien sabe por dónde anda, aunque camine por la oscuridad”.
Bienvenida a nuestras vidas, Marina, tu literatura está viva, lo conseguiste; tus criaturas abisales se gestaron y nacieron y tu leche, después, las ha nutrido. Como sabes, ahora hay infinidad de direcciones. La libertad está determinada por la elección. Escribir es elegir cómo afrontar la vida. “Se puso a llorar y después sonrió a través de sus lágrimas”, son palabras de Gérard de Nerval. Tus cuentos, como el llanto, como la risa, poseen ese doble cariz; no se puede crear algo terapéutico sin antes haber conocido lo dañino. El fuego es imposible sin el aire. El agua acaba en la tierra.