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miércoles, 11 de septiembre de 2013

Les enfants terribles, de Jean Cocteau



“Los seres singulares y sus actos sociales constituyen el encanto de un mundo plural que los expulsa. Se angustia uno de la velocidad adquirida por el ciclón en que respiran estas almas trágicas y ligeras. Esto empieza por unas niñerías; al principio no se ven más que los juegos.”

En este breve fragmento de Les enfants terribles, novela publicada por el escritor francés Jean Cocteau en 1929, podemos atisbar la tensión que se desarrollará en esta obra extraña, fantástica, sutilmente onírica, donde el amor establece contienda con la muerte bajo la piel de dos hermanos, Elisabeth y Paul, seres puros y bestiales y fatalmente atraídos uno sobre otro, que alcanzan el punto de no retorno en una habitación en donde se aíslan, encerrando todo su mundo. Observamos así cómo las mencionadas pulsiones  -Eros y Tánatos- impregnan las páginas del libro, o sea, la vida de los personajes. El encierro es voluntario, las camas son omnipresentes. Subyace la intención de permanecer anclados, sobre todo en Paul. Desean ahogar el porvenir. Detener el crecimiento que conlleva vivir. Se podría analizar como una teoría sobre el rechazo a la madurez. En otras palabras, la renuncia a la vida adulta es el tema fundamental de Les enfants terribles. Como Albert Thibaudet, posiblemente el crítico literario francés que gozó de mayor audiencia en el periodo entre las dos guerras mundiales, sintetizó con maestría:

“Les enfants terribles es el libro de la infancia que sobrevive (…) en seres marcados por un signo extraño, una característica perdurable que la edad no logra borrar y que, por el contrario, exaspera. Así como hay seres que no salen del sueño cuando despiertan, los hay que no salen de la infancia cuando han crecido. Cocteau los ha conocido y ha escrito su dolorosa novela.”

Jean Cocteau escribió este libro mientras superaba uno de sus procesos de desintoxicación al opio. Era una historia que llevaba años queriendo contar, que tenía guardada adentro, por lo que cuando la novela se decidió a salir, lo hizo ininterrumpidamente, sin permitir al propio escritor moldearla a su antojo. Así se deduce al leer lo que confesaba el poeta francés en relación al proceso de escritura:

“Escribía siete páginas al día. Creo haber contado que escribía diecisiete, pero eso es una fanfarronada marsellesa. Escribía siete páginas al día, ni una más. Y en mitad del libro, cuando Elisabeth se casa con el joven americano, quise decir cosas que me interesaban acerca de América. Quise mezclarme en el libro, actuar por mi cuenta, y el mecanismo se rompió. Tuve que esperar quince días para que volviera a ponerse en marcha.”

Les enfants terribles fue llevada a la gran pantalla en 1950 por el director Jean-Pierre Melville. Cocteau colaboró en todo el proceso; de hecho, la voz en off que se escucha en la película es suya. Su interés por el cine venía de lejos y por aquel entonces ya había dirigido varios largometrajes. Entre ellos, destacamos La sangre de un poeta (1930), hoy en día todo un clásico. Cocteau influyó a conocidos realizadores franceses de la siguiente generación, como François Truffaut, quien definía al genial poeta de la siguiente forma:

"Cocteau era de un cinismo muy especial, a base de magnanimidad. Era amable con todos y esperaba que lo fueran con él."

Es decir, Jean Cocteau era amigo de sus amigos. Entre sus amistades más relevantes, hay que señalar a Picasso y Stravinski. También era un entusiasta del jazz, siendo promotor de los primeros conciertos de jazz en Francia.

Por cierto, continuando con la música, pero regresando a Les enfants terribles y a la literatura, el propio Jean Cocteau nos aconsejó la banda sonora para acompañar la lectura de su novela:

“Escribí Les enfants terribles obsesionado por Make believe (Show Boat); quienes gustan de este libro deben comprar el disco y releerlo mientras lo escuchan.”

Make believe es una conocida canción que forma parte del musical Show Boat (compuesto en 1927 por Jerome Kern y Robert Russell). En principio, conociendo ambas piezas artísticas, el resultado de la mezcla pudiera parecer condenado al fracaso, no obstante, háganle caso a Cocteau, el autor no lo afirmaba sin motivo: combinan sorprendentemente bien.



Para leerlo bien editado y más cómodamente, clicad el siguiente enlace:
http://revistarocinante.com/contenidos/edicion_anterior/rocinante_59/index.html#/28/






miércoles, 14 de agosto de 2013

Palabras para el que sabe




En Naked lunch, William S. Burroughs (1914—1997) vomita el infierno que fue creando y vislumbrando en su interior durante los quince años en que el escritor estuvo enganchado a la droga. Droga es el término genérico que Burroughs utiliza para referirse al “opio y/o sus derivados, incluyendo los sintéticos, del demerol al palfium”. Es como si el resto de drogas no mereciesen el nombre de droga. Solo el opio, los opiáceos, es droga para Burroughs. De igual manera, denomina también con una palabra específica a su periodo de adicción a la droga: la Enfermedad. El escritor entró en contacto con la Enfermedad con treinta años y logró escapar de ella, tras incontables intentos fallidos, con cuarenta y cinco y en un aceptable estado de salud, considerando las circunstancias. Era 1959. Naked lunch se publicó ese mismo año reuniendo, ordenando y editando las notas que Burroughs fue escribiendo durante tan enorme –y abismal– período de tiempo. Debió de ser una tarea titánica, aglutinar esos quince años y crear algo totalmente nuevo con todo aquel incoherente material. Pero Burroughs es un especialista en salir airoso hasta de los peores envites que seamos capaces de imaginar.




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jueves, 7 de marzo de 2013

Stefan Zweig: el escritor, la guerra y la muerte



Segundo artículo en la sección RÉQUIEM (págs. 64-67) de la Revista Rocinante, de Quito. Esta vez han publicado un artículo sobre Stefan Zweig, el gran escritor austriaco que decidió suicidarse en 1942 junto a su seguna mujer, Charlotte Altmann, en Petrópolis, Brasil, ciudad a la que había llegado tras muchos cambios de residencia buscando escapar de los nazis que le perseguían por su condición de judío.
Ahora que Europa se tambalea, he aquí a Stefan Zweig, un europeísta convencido.


Altmann y Zweig trabajando
 
 
 
 
 

sábado, 23 de febrero de 2013

Colaborador en Revista Rocinante (Quito, Ecuador)



Este mes de febrero que se acaba ha traído una nueva colaboración de la que me siento muy satisfecho, y honrado. Se trata de la Revista Rocinante, editada mensualmente en Quito. Esta revista quiere compartir con los lectores información, y las singularidades, del mundo del libro, de los autores, libreros y editores. Para mí es muy importante esta colaboración ya que todo escritor desea que sus textos sean leídos y, si uno lo hace bien, comprendidos. Rocinante, al ser editada en papel y llegar a las casas de los quiteños cada mes (gracias al programa de apoyo a la lectura de Ecuador), facilita la consecución de esta fundamental necesidad del escritor. Según me han comentado son más de diez mil suscriptores los que la revista tiene. Es decir, más de diez mil hogares. Quizás nunca más textos de mi autoría vayan a ser leídos por mayor cantidad de público. Por tanto, se trata de una ocasión extraordinaria, actualmente.
En febrero, me estrené con mi artículo-homenaje a Juan Benet, el escritor-ingeniero de Volverás a Región.
Quiero dar las gracias a Iván Égüez, director de la Revista Rocinante, por confiar en mí. Y, sobre todo, a Santiago Vizcaíno, gran poeta y editor, pues seguramente ha sido él quien ha ayudado a que esa confianza surja (además de los artículos que envié). Santiago, gracias. Me alegra mucho trabajar contigo. Estáis haciendo un gran trabajo. Los escritores y editores debemos contar a los lectores qué hacemos, cómo lo hacemos y por qué lo hacemos. Ojalá la revista siga creciendo tanto en suscriptrores como en contenidos.

Podéis descargar gratuítamente el número de febrero (o cualquier otro, creo) en la página web de la revista: