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martes, 25 de febrero de 2014

El enemigo intratable de Burgess



La vida de Anthony Burgess cambió en 1959, concretamente en el momento en que consiguió la baja por invalidez del Servicio Colonial Británico; un lustro antes había solicitado empleo como profesor —fue destinado a Malasia primero y a Borneo después—. Tenía cuarenta y dos años y el diagnóstico de un tumor cerebral maligno. Así las cosas, regresó a Inglaterra con su mujer, Lynne, y se dedicó a escribir frenéticamente (“En un año había completado cinco novelas, relatos cortos, un par de obras de teatro  y varios guiones para programas de radio”) como si  hubiese interiorizado hasta sus últimas consecuencias lo que afirmaba Miguel de Unamuno en ‘Cómo se hace una novela’ (1927): La literatura no es más que muerte.

Sin embargo, pronto quedó en evidencia que su final no estaba tan próximo como se suponía, lo que no mermó su dedicación a la escritura, pues Burgess pensaba que “el ser escritor requiere una práctica continua; siempre es más difícil poner en marcha un motor cuando lleva tiempo apagado. Ahora tiendo a publicar una novela por año, que combino con trabajos académicos de temas diversos (filología, música o literatura). Encuentro que escribir un libro académico de vez en cuando estimula la creatividad.”

Fruto de esa intensa actividad creadora surgió en 1962 la que sería su novela más famosa, ‘A clockwork orange’, la novela que sin dudas se asocia al nombre de Anthony Burgess en primer lugar. Gran parte de este reconocimiento vino en 1971 cuando el director de cine Stanley Kubrick llevó esa historia a la gran pantalla. La película de Kubrick generó fuertes controversias, pues muchas voces se alzaron para acusar a la película sosteniendo que aquellas imágenes alentaban la violencia.

Durante toda la década del sesenta continuó Burgess con ese ritmo frenético de escritura. Publicó bajo el seudónimo de Joseph Kell dos novelas, ‘One hand clapping’ en 1961 e ‘Inside Mr Enderby’ (primera de una serie de cuatro novelas sobre el poeta Francis Xavier Enderby) en 1963. También escribió una novela corta ‘The Eve of Saint Venus’ con ilustraciones del artista australiano Edward Pagram y un estudio sobre Shakespeare titulado ‘Nothing like the sun: a story of Shakespeare’s love life’.
En los setenta destacan tres novelas ‘Honey for the bears’, ‘Tremor of intent’ y ‘Enderby outside’. Esta última surgió de las experiencias vividas en los dos viajes que Burgess realizó a Tánger para visitar a Burroughs.
En 1980 publicó la que es considerada su obra más conseguida y profunda, ‘Earthly powers’. Fue recibida con grandes elogios por la crítica. George Steiner la describió como “una luz en el panorama literario, un triunfo de la imaginación y la inteligencia que eleva al género de la novela a la altura del gran arte.” ‘Earthly powers’ ganó el Premio Charles Baudelaire y el Prix du Meilleur Livre Etranger en Francia (1981).

Burgess también era músico y compuso cerca de doscientas piezas musicales durante toda su vida, alcanzando repercusión con muchas de ellas. Por ejemplo, su ballet sobre la vida de Shakespeare, ‘Mr WS’, fue transmitido por la BBC. Además, compuso acompañamientos para textos de T. S. Eliot, James Joyce, D. H. Lawrence y Gerard Manley Hopkins. E incluso se atrevió con el ‘Ulysses’, pues en 1982 realizó una adaptación musical, titulada ‘Blooms of Dublin’, de la obra magna de Joyce. El escritor irlandés está muy presente en las páginas de Burgess, como él mismo reconocía:
“De alguna forma mi ideal novelístico debe mucho a la influencia, no siempre positiva, de James Joyce, el novelista más innovador que ha existido, quizás con la excepción de Laurence Sterne, por el que siempre he sentido una gran devoción. Escribir a su sombra es una lección de humildad. En su obra veo reflejados la mezcla de talentos y el rechazo al catolicismo que caracterizan a mi propia obra.”

En los noventa Anthony Burgess, nacido en Manchester el 25 de febrero de 1917, contaba ya con más de setenta años. Por supuesto siguió escribiendo y publicando: ‘Mozart and the wolf gang’ vio la luz en 1991; y en 1993, ‘A dead man in Deptford’, su última novela publicada en vida puesto que ese mismo año murió de cáncer de pulmón en Londres, el 22 de noviembre. Vivió, como hemos comprobado, bastante más tiempo del que el diagnóstico de 1959 había pronosticado. Y el escritor no  desaprovechó esa larguísima prórroga: escribió desaforadamente porque, como confiesa en sus memorias, albergaba “la esperanza sin esperanza de dominar por fin el idioma, ese enemigo intratable”.




domingo, 4 de agosto de 2013

El ángel exterminador, de Luis Buñuel



En sus memorias, Luis Buñuel resumió la trama de su película El ángel exterminador con las siguientes palabras:
“(…) un grupo de personas que, una noche, al término de una función teatral, va a cenar a casa de una de ellas. Después de la cena, pasan al salón y, por una razón inexplicada, no pueden salir de él”.
Puede parecer un planteamiento simple, y lo es en realidad, pero solo a primera vista. Un grupo de personas encerradas, y, más aún, por algo que es inexplicable, provoca inmediatamente una serie de condicionantes de gran fuerza narrativa, pues enseguida aparecen en liza la carestía de recursos básicos para la vida, y con esta, la sed, el hambre, la falta de higiene, la competencia, la superstición, etc. El genial director aragonés maneja todos estos hilos con maestría posibilitando que el espectador se replantee conceptos como la condición humana y el valor de la sociedad. Los avances sociales que suponemos firmemente conquistados por la humanidad, que creemos ampliamente superados, son tan frágiles como la llama de una vela. Con un soplido bien dirigido basta para apagar su luz.
Fotograma de "El ángel exterminador"
Fotograma de “El ángel exterminador”
En otras palabras, El ángel exterminador hunde sus raíces en lo social, en la fragilidad de las convenciones sociales con las que nos hemos dotado en pos de la convivencia; un maremágnum, en definitiva, al que se le abren las costuras en cuanto es agitado un poco.



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