"El hotel y la brillante alfombra tostada que
era su playa formaban un todo. Al amanecer, la imagen lejana de Cannes, el rosa
y el crema de las viejas fortificaciones y los Alpes púrpuras lindantes con
Italia se reflejaban en el agua tremulosos entre los rizos y anillos que
enviaban hacia la superficie las plantas marinas en las zonas claras de poca
profundidad. Antes de las ocho bajó a la playa un hombre envuelto en un
albornoz azul y, tras largos preliminares dándose aplicaciones del agua helada
y emitiendo una serie de gruñidos y jadeos, avanzó torpemente en el mar durante
un minuto. Cuando se fue, la playa y la ensenada quedaron en calma por una
hora. Unos barcos mercantes se arrastraban por el horizonte con rumbo oeste, se
oía gritar a los ayudantes de camarero en el patio del hotel, y el rocío se
secaba en los pinos. Una hora más tarde, empezaron a sonar las bocinas de los
automóviles que bajaban por la tortuosa carretera que va a lo largo de la
cordillera inferior de los Maures, que separa el litoral de la auténtica
Francia provenzal.
A dos kilómetros del mar, en un punto en que los pinos dejan paso a los
álamos polvorientos, hay un apeadero de ferrocarril aislado desde el cual una
mañana de junio de 1925 una victoria condujo a una mujer y a su hija hasta el
hotel de Gausse. La madre tenía un rostro de lindas facciones, ya algo
marchito, que pronto iba a estar tocado de manchitas rosáceas; su expresión era
a la vez serena y despierta, de una manera que resultaba agradable. Sin
embargo, la mirada se desviaba rápidamente hacia la hija, que tenía algo mágico
en sus palmas rosadas y sus mejillas iluminadas por un tierno fulgor, tan
emocionante como el color sonrojado que toman los niños pequeños tras ser
bañados con agua fría al anochecer."
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Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) |
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