domingo, 20 de abril de 2014

Voluntad



Voluntad



Te he visto desde la ventana,
vamos, levántate de una vez,
ven y cubre los gusanos con tierra.
¿Por qué me rogaste que no te dejara sola?
Dos días después aparecieron las matronas,
los senos descolgados como estropajos,
los rostros vueltos hacia la ciudad,
mal menor del mundo.
Sus manos, sin embargo, reconfortaban el sueño.

Te he escuchado clamar por venganza,
ambicionabas la pesadilla, la vorágine
de las noches.
Es madrugada cuando se parte el cielo
tras el techo opresor del aliento.
¿Cómo acordonar el alma?
El tiempo nos empuja a todos.
En realidad, el mensaje es bastante simple,
te pido
que creas en ti.





sábado, 5 de abril de 2014

Veinte años sin Kurt Cobain




Lo encontró muerto un electricista apellidado Smith
el 8 de abril de 1994, sin embargo los forenses establecieron
que llevaba muerto desde el 5.

sábado, 15 de marzo de 2014

Za Za, emperador de Ibiza



El abismo de la felicidad

Reseña de Estanislao M. Orozco
sobre
“Za Za, emperador de Ibiza”, la nueva novela de Ray Loriga





Ayer, jueves 13 de marzo de 2014, tuve, cosa inusual, la mañana para mí tras la cancelación de un trabajo. Decidí, en un rapto de inspiración, ir a fnac y leer la nueva novela de Ray Loriga, “Za Za, emperador de Ibiza”, que ha publicado Alfaguara. En otras circunstancias, la hubiese comprado sin dudarlo pero, para decirlo con suavidad, mis arcas no atraviesan su mejor momento y, además, hace años “Ya sólo habla de amor” me había decepcionado (aun reconociendo que es una obra muy bien escrita que desnuda la ruptura amorosa sufrida por el escritor) porque el motor de la novela, esto es, lo del baile en la embajada Suiza, era deficiente, una trama sin fuerza que no podía hacer andar nada. Pero regresemos a la mañana de ayer jueves. Y ahí estoy yo, aparcando la moto, llegando a fnac, sentándome en una butaca blanca algo sucia con “Za Za, emperador de Ibiza” entre las manos, y con cierta prisa, lo reconozco, porque únicamente tenía unas cuatro horas para leerme la novela: eran, en ese momento, sobre las once de la mañana y debía recoger del colegio a mis dos hijas a las tres y media, y el colegio no estaba precisamente cerca de la fnac

Pues bien, me puse a leer sin demora y con el acelerador levemente presionado, una lectura que obviaba, en consecuencia, el detalle, una lectura que no podía detenerse lo que hubiese deseado en determinados párrafos…, lo cual ayudó a restarle profundidad a la novela, a considerarla mero entretenimiento: un suceso no circunstancial, relevante a todas luces, que Ray Loriga –intuyo– ha buscado y en mí, precipitado por la exigida velocidad de la lectura, conseguido. En otras palabras, me barrunto que Loriga ha querido engatusar al lector, incluso al crítico ‘resultadista’[1], con las capas superficiales de la novela, y que lo ha logrado en muchas ocasiones. Sin embargo, si se lee con atención, o si se relee (como yo estoy haciendo ahora mentalmente al escribir esta reseña), la profundidad es innegable: baste recalcar que la felicidad es el abismo que sustenta la novela. Digámoslo ya, el escritor inventa, y hace muy bien –para qué amargarse– una droga perfecta que proporciona felicidad, una felicidad plena pues “no hay día de después” (cito de memoria), o sea, no hay salida, o final, de la felicidad creada con la droga. Una droga, un placebo…, ya puestos, da igual. Es cierto que también, como se ha dicho, quizás en demasía, Loriga ha querido divertirse y divertir con “Za Za, emperador de Ibiza”, cosa que en ocasiones logra, y un servidor no es de carcajada fácil. Es cierto que Loriga también proporciona otras cuantas profundidades aledañas, como la posible independencia de un territorio, la geopolítica del narcotráfico o la neuropsicología, pero no calan demasiado porque son necesarias únicamente para ocultar el abismo de la felicidad que sustenta la novela, es como si Ray hubiese ideado una serie de inhibidores que dificultasen el descenso al verdadero nivel desde el que se ha creado esta novela, el nivel de la desesperación, tan actual, por cierto; por eso el escritor nos engatusa con sexo, drogas, fiestas y lujo made in Ibiza, con los tópicos ibicencos, en definitiva, y que se agradecen, no vayan a equivocarse; por eso aparecen en la novela referencias a la DEA (Drug Enforcement Administration), a Obama, o al Dueño del Agua. Por eso se muestra todo el oropel en primer plano, tan obvio. Pero hay que mirar más allá, o mejor dicho, con mayor atención, enfocando los detalles. Esto me recuerda al principio de la novela, cuando Zacarías Zaragoza, alias Za Za, el protagonista, por supuesto, en una de esas tiendas de ropa del puerto de Ibiza, duda qué camisa comprarse entre dos camisas a simple vista idénticas y para decidirse inspecciona cuidadosamente las costuras de ambas, percatándose de las sutiles diferencias en la calidad de estas. Así, ya con los ojos más abiertos, si releemos determinados pasajes (cosa que yo estoy haciendo ahora en mi cabeza), percibimos el minucioso trabajo del escritor para ir contando en imágenes dobles lo que en realidad ocurre, esto es, superponer felicidad y verdad, imaginación y realidad; y pienso ahora en la llegada del enorme yate al puerto de Ibiza, obviamente llamado ZAZA, como la droga perfecta de la novela, cuando comienza la acción, como también pienso ahora en el helicóptero que entrevé Za Za, despegando de ese lujoso barco, o Zulema, la simia, y Zulema, la hermosa Lolita con dotes adivinatorias, personaje que ve, o que ya ha probado, el futuro… Son estas, y muchas más, las distintas capas que van dando profundidad a una novela que, en principio, se nos antoja superficial, pero que, creo que a estas alturas queda claro, no lo es. El escritor de cuarenta y siete años recién cumplidos ha elegido este recurso para enfatizar ese descenso a la oscuridad de la felicidad, allí donde es posible confrontar verdad y felicidad, la máscara con su dueño. “Za Za, emperador de Ibiza” nos incita a replantearnos qué es la felicidad, qué seríamos capaces de dar a cambio de una felicidad perfecta y a nuestra medida. Es entonces cuando Ray Loriga nos saca del sueño, de su sueño, con un manotazo de verdad, repentino, que me pareció lo mejor del libro. El escritor dinamita sin atisbo de duda el edificio construido bien que mal por las disparatadas aventuras de Za Za para que sea engullido hacia las profundidades en un santiamén, como aquel impactante agujero que se llevó algunas viviendas y dos vidas en Guatemala en 2010.

De hecho, recuerdo todavía un par de segundos –impagables– en los que sentí cierto mareo tras esa desaparición súbita que precipita el final de la novela e imponía, en mi caso, el regreso exprés desde las páginas del libro hacia la realidad de las tres de la tarde, momento de encaminarme hacia el abismo de la felicidad de tener que recoger a mis dos hijas del colegio, y que, luego, estuviesen allí esperándome; esa felicidad imperfecta, pero de verdad, y frágil y fugaz porque se están peleando por una hebilla del pelo de color rojo, la misma hebilla que no les importaba nada ayer, la misma hebilla que mañana, y en un puñado de minutos, estará tirada sin que nadie le haga caso, una hebilla de repente muy especial e importante aunque tengan en casa cincuenta hebillas del pelo más, también algunas rojas, de todos los colores, en realidad.






[1] Término extraído del argot futbolero cuya significación, supongo, Ray Loriga, gran conocedor del fútbol, habrá de apreciar en su totalidad.

martes, 25 de febrero de 2014

El enemigo intratable de Burgess



La vida de Anthony Burgess cambió en 1959, concretamente en el momento en que consiguió la baja por invalidez del Servicio Colonial Británico; un lustro antes había solicitado empleo como profesor —fue destinado a Malasia primero y a Borneo después—. Tenía cuarenta y dos años y el diagnóstico de un tumor cerebral maligno. Así las cosas, regresó a Inglaterra con su mujer, Lynne, y se dedicó a escribir frenéticamente (“En un año había completado cinco novelas, relatos cortos, un par de obras de teatro  y varios guiones para programas de radio”) como si  hubiese interiorizado hasta sus últimas consecuencias lo que afirmaba Miguel de Unamuno en ‘Cómo se hace una novela’ (1927): La literatura no es más que muerte.

Sin embargo, pronto quedó en evidencia que su final no estaba tan próximo como se suponía, lo que no mermó su dedicación a la escritura, pues Burgess pensaba que “el ser escritor requiere una práctica continua; siempre es más difícil poner en marcha un motor cuando lleva tiempo apagado. Ahora tiendo a publicar una novela por año, que combino con trabajos académicos de temas diversos (filología, música o literatura). Encuentro que escribir un libro académico de vez en cuando estimula la creatividad.”

Fruto de esa intensa actividad creadora surgió en 1962 la que sería su novela más famosa, ‘A clockwork orange’, la novela que sin dudas se asocia al nombre de Anthony Burgess en primer lugar. Gran parte de este reconocimiento vino en 1971 cuando el director de cine Stanley Kubrick llevó esa historia a la gran pantalla. La película de Kubrick generó fuertes controversias, pues muchas voces se alzaron para acusar a la película sosteniendo que aquellas imágenes alentaban la violencia.

Durante toda la década del sesenta continuó Burgess con ese ritmo frenético de escritura. Publicó bajo el seudónimo de Joseph Kell dos novelas, ‘One hand clapping’ en 1961 e ‘Inside Mr Enderby’ (primera de una serie de cuatro novelas sobre el poeta Francis Xavier Enderby) en 1963. También escribió una novela corta ‘The Eve of Saint Venus’ con ilustraciones del artista australiano Edward Pagram y un estudio sobre Shakespeare titulado ‘Nothing like the sun: a story of Shakespeare’s love life’.
En los setenta destacan tres novelas ‘Honey for the bears’, ‘Tremor of intent’ y ‘Enderby outside’. Esta última surgió de las experiencias vividas en los dos viajes que Burgess realizó a Tánger para visitar a Burroughs.
En 1980 publicó la que es considerada su obra más conseguida y profunda, ‘Earthly powers’. Fue recibida con grandes elogios por la crítica. George Steiner la describió como “una luz en el panorama literario, un triunfo de la imaginación y la inteligencia que eleva al género de la novela a la altura del gran arte.” ‘Earthly powers’ ganó el Premio Charles Baudelaire y el Prix du Meilleur Livre Etranger en Francia (1981).

Burgess también era músico y compuso cerca de doscientas piezas musicales durante toda su vida, alcanzando repercusión con muchas de ellas. Por ejemplo, su ballet sobre la vida de Shakespeare, ‘Mr WS’, fue transmitido por la BBC. Además, compuso acompañamientos para textos de T. S. Eliot, James Joyce, D. H. Lawrence y Gerard Manley Hopkins. E incluso se atrevió con el ‘Ulysses’, pues en 1982 realizó una adaptación musical, titulada ‘Blooms of Dublin’, de la obra magna de Joyce. El escritor irlandés está muy presente en las páginas de Burgess, como él mismo reconocía:
“De alguna forma mi ideal novelístico debe mucho a la influencia, no siempre positiva, de James Joyce, el novelista más innovador que ha existido, quizás con la excepción de Laurence Sterne, por el que siempre he sentido una gran devoción. Escribir a su sombra es una lección de humildad. En su obra veo reflejados la mezcla de talentos y el rechazo al catolicismo que caracterizan a mi propia obra.”

En los noventa Anthony Burgess, nacido en Manchester el 25 de febrero de 1917, contaba ya con más de setenta años. Por supuesto siguió escribiendo y publicando: ‘Mozart and the wolf gang’ vio la luz en 1991; y en 1993, ‘A dead man in Deptford’, su última novela publicada en vida puesto que ese mismo año murió de cáncer de pulmón en Londres, el 22 de noviembre. Vivió, como hemos comprobado, bastante más tiempo del que el diagnóstico de 1959 había pronosticado. Y el escritor no  desaprovechó esa larguísima prórroga: escribió desaforadamente porque, como confiesa en sus memorias, albergaba “la esperanza sin esperanza de dominar por fin el idioma, ese enemigo intratable”.




lunes, 10 de febrero de 2014

Entrada al sentido, de José Ángel Valente



La soledad.
El miedo.
Hay un lugar
vacío, hay una estancia
que no tiene salida.
Hay una espera
ciega entre dos latidos,
entre dos oleadas
de vidas hay una espera
en que todos los puentes
pueden haber volado.
Entre el ojo y la forma
hay un abismo
en el que puede hundirse la mirada.
Entre la voluntad y el acto caben
océanos de sueño.
Entre mi ser y mi destino, un muro:
la imposibilidad feroz de lo posible.

Y en tanta soledad, un brazo armado
que amaga un golpe y no lo inflige nunca.
En un lugar, en una estancia - ¿dónde?,
¿sitiados por quién?

El alma pende de sí misma sólo,
del miedo, del peligro, del presagio.