miércoles, 2 de julio de 2014

Gaia



"Podríamos decir que la Tierra tiene un alma vegetativa, y que el suelo es su carne; los sucesivos estratos rocosos que forman las montañas, sus huesos; las rocas porosas, sus cartílagos; las venas de las aguas, su sangre. El lago de sangre que rodea el corazón es el océano. La respiración es el aumento y la disminución de sangre en el pulso, exactamente como en la Tierra es el flujo y el reflujo del mar."

Leonardo Da Vinci, Códice Leicester (folio 34r)






viernes, 6 de junio de 2014

miércoles, 14 de mayo de 2014

Bolaño-Papasquiaro-Borges-Cansinos-Bukowski-Lamantia-Norse-Nin-Burroughs-Dalí-Breton





En julio de 2003, Roberto Bolaño sufre su última crisis hepática y muere; desde hacía tiempo aguardaba un trasplante de hígado que jamás llegó. Qué habría escrito si aquel órgano hubiese llegado. Escribir. Escribir. “Hasta el escritor más falso ha sentido, durante un segundo, la sombra del éxtasis”, decía el escritor chileno, “sin duda el éxtasis no lo han sentido, continuaba, el éxtasis, tal cual, quema… No han entrado en el éxtasis”. La tarea del escritor es continua, cometer todos los errores posibles se antoja, por tanto, necesario. Escoger, por ejemplo, las palabras equivocadas, las palabras difíciles como transcripción de pensamientos simples. No supliques, no exijas tributo, escritor. Se terminó el perder el tiempo, se terminó el huevear, como diría el Bolaño de México D.F. En México D.F. Bolaño puso los cimientos de su escritura mientras buscaba ser poeta. Como Papasquiaro, capaz de escribir en cualquier superficie poesía así de rotunda: “el vientre de mis dientes no deja de masticar su propia pulpa”, “la poesía es psilocibina ardiente”, o “raíz que surge y se evapora en el zaguán de las nubes”. La literatura también está hecha de nombres, innumerables, de fechas, irrecordables. Exceptuemos las excepciones, faltaría más. Este artículo, cómo no, estará lleno de excepciones. Fevor de Buenos Aires, pongamos por caso, se publicó en 1923, y lo traemos como excepción porque contiene a Borges, a todo Borges. Borges se retrata a cada instante. Contemplo la sonrisa de Borges mientras escucha el rumor de la lectura de una bella aliteración de Cansinos. ¿Quién fue Rafael Cansinos Assens, por cierto? Borges lo llamaba maestro. Ahí queda eso. No hay tiempo perdido para un escritor que lea lo que otro escritor dejó escrito.

Hay un libro que con certeza poseyó Papasquiaro, la antología que reunió a Bukowski, Lamantia y Norse, publicada en Penguin, titulada Modern Poets. Para esto, también, sirve escribir poesía en las primeras páginas de un libro de poesía. Solo recordamos lo que nos ponen por delante, así que no seamos timoratos. Bolaño quiso ser poeta, pero no fue suficiente con quererlo y triunfó como narrador. A Bukowski, en cambio, la jugada le salió redonda. ¿Con qué Bukowski quedarse, el de los cuentos o el de los poemas? Por supuesto, es una opción absolutamente plausible no quedarse con ninguno. O con los dos. Henry Charles Bukowski nació en Alemania, ojo. Philip Lamantia nació en San Francisco, California, sus padres eran emigrantes sicilianos. Y Harold Norse, en New York City. Se encuentran con facilidad en internet imágenes de Harold Norse, y hay algunas curiosas. Por ejemplo, conoció a Anaïs Nin, quién lo diría, y tenemos constancia gráfica de ello. En un par de ocasiones se le ve con una media sonrisa al lado de Burroughs. De Philip Lamantia se dice que siendo adolescente quedó fascinado por el surrealismo tras ver los cuadros de Salvador Dalí en el Museo de Arte de San Francisco. A Dalí se le expulsó de este movimiento artístico que lideraba André Breton, como cuenta el propio Dalí en Diario de un genio (publicado en 1983). Lamantia escribió fragmentos como estos: “El tragaluz se anega / cuando tú entras en mi voz / llevando una caja de fuego / completamente silenciosa”. Fue adicto a las drogas.



domingo, 20 de abril de 2014

Voluntad



Voluntad



Te he visto desde la ventana,
vamos, levántate de una vez,
ven y cubre los gusanos con tierra.
¿Por qué me rogaste que no te dejara sola?
Dos días después aparecieron las matronas,
los senos descolgados como estropajos,
los rostros vueltos hacia la ciudad,
mal menor del mundo.
Sus manos, sin embargo, reconfortaban el sueño.

Te he escuchado clamar por venganza,
ambicionabas la pesadilla, la vorágine
de las noches.
Es madrugada cuando se parte el cielo
tras el techo opresor del aliento.
¿Cómo acordonar el alma?
El tiempo nos empuja a todos.
En realidad, el mensaje es bastante simple,
te pido
que creas en ti.





sábado, 5 de abril de 2014

Veinte años sin Kurt Cobain




Lo encontró muerto un electricista apellidado Smith
el 8 de abril de 1994, sin embargo los forenses establecieron
que llevaba muerto desde el 5.

sábado, 15 de marzo de 2014

Za Za, emperador de Ibiza



El abismo de la felicidad

Reseña de Estanislao M. Orozco
sobre
“Za Za, emperador de Ibiza”, la nueva novela de Ray Loriga





Ayer, jueves 13 de marzo de 2014, tuve, cosa inusual, la mañana para mí tras la cancelación de un trabajo. Decidí, en un rapto de inspiración, ir a fnac y leer la nueva novela de Ray Loriga, “Za Za, emperador de Ibiza”, que ha publicado Alfaguara. En otras circunstancias, la hubiese comprado sin dudarlo pero, para decirlo con suavidad, mis arcas no atraviesan su mejor momento y, además, hace años “Ya sólo habla de amor” me había decepcionado (aun reconociendo que es una obra muy bien escrita que desnuda la ruptura amorosa sufrida por el escritor) porque el motor de la novela, esto es, lo del baile en la embajada Suiza, era deficiente, una trama sin fuerza que no podía hacer andar nada. Pero regresemos a la mañana de ayer jueves. Y ahí estoy yo, aparcando la moto, llegando a fnac, sentándome en una butaca blanca algo sucia con “Za Za, emperador de Ibiza” entre las manos, y con cierta prisa, lo reconozco, porque únicamente tenía unas cuatro horas para leerme la novela: eran, en ese momento, sobre las once de la mañana y debía recoger del colegio a mis dos hijas a las tres y media, y el colegio no estaba precisamente cerca de la fnac

Pues bien, me puse a leer sin demora y con el acelerador levemente presionado, una lectura que obviaba, en consecuencia, el detalle, una lectura que no podía detenerse lo que hubiese deseado en determinados párrafos…, lo cual ayudó a restarle profundidad a la novela, a considerarla mero entretenimiento: un suceso no circunstancial, relevante a todas luces, que Ray Loriga –intuyo– ha buscado y en mí, precipitado por la exigida velocidad de la lectura, conseguido. En otras palabras, me barrunto que Loriga ha querido engatusar al lector, incluso al crítico ‘resultadista’[1], con las capas superficiales de la novela, y que lo ha logrado en muchas ocasiones. Sin embargo, si se lee con atención, o si se relee (como yo estoy haciendo ahora mentalmente al escribir esta reseña), la profundidad es innegable: baste recalcar que la felicidad es el abismo que sustenta la novela. Digámoslo ya, el escritor inventa, y hace muy bien –para qué amargarse– una droga perfecta que proporciona felicidad, una felicidad plena pues “no hay día de después” (cito de memoria), o sea, no hay salida, o final, de la felicidad creada con la droga. Una droga, un placebo…, ya puestos, da igual. Es cierto que también, como se ha dicho, quizás en demasía, Loriga ha querido divertirse y divertir con “Za Za, emperador de Ibiza”, cosa que en ocasiones logra, y un servidor no es de carcajada fácil. Es cierto que Loriga también proporciona otras cuantas profundidades aledañas, como la posible independencia de un territorio, la geopolítica del narcotráfico o la neuropsicología, pero no calan demasiado porque son necesarias únicamente para ocultar el abismo de la felicidad que sustenta la novela, es como si Ray hubiese ideado una serie de inhibidores que dificultasen el descenso al verdadero nivel desde el que se ha creado esta novela, el nivel de la desesperación, tan actual, por cierto; por eso el escritor nos engatusa con sexo, drogas, fiestas y lujo made in Ibiza, con los tópicos ibicencos, en definitiva, y que se agradecen, no vayan a equivocarse; por eso aparecen en la novela referencias a la DEA (Drug Enforcement Administration), a Obama, o al Dueño del Agua. Por eso se muestra todo el oropel en primer plano, tan obvio. Pero hay que mirar más allá, o mejor dicho, con mayor atención, enfocando los detalles. Esto me recuerda al principio de la novela, cuando Zacarías Zaragoza, alias Za Za, el protagonista, por supuesto, en una de esas tiendas de ropa del puerto de Ibiza, duda qué camisa comprarse entre dos camisas a simple vista idénticas y para decidirse inspecciona cuidadosamente las costuras de ambas, percatándose de las sutiles diferencias en la calidad de estas. Así, ya con los ojos más abiertos, si releemos determinados pasajes (cosa que yo estoy haciendo ahora en mi cabeza), percibimos el minucioso trabajo del escritor para ir contando en imágenes dobles lo que en realidad ocurre, esto es, superponer felicidad y verdad, imaginación y realidad; y pienso ahora en la llegada del enorme yate al puerto de Ibiza, obviamente llamado ZAZA, como la droga perfecta de la novela, cuando comienza la acción, como también pienso ahora en el helicóptero que entrevé Za Za, despegando de ese lujoso barco, o Zulema, la simia, y Zulema, la hermosa Lolita con dotes adivinatorias, personaje que ve, o que ya ha probado, el futuro… Son estas, y muchas más, las distintas capas que van dando profundidad a una novela que, en principio, se nos antoja superficial, pero que, creo que a estas alturas queda claro, no lo es. El escritor de cuarenta y siete años recién cumplidos ha elegido este recurso para enfatizar ese descenso a la oscuridad de la felicidad, allí donde es posible confrontar verdad y felicidad, la máscara con su dueño. “Za Za, emperador de Ibiza” nos incita a replantearnos qué es la felicidad, qué seríamos capaces de dar a cambio de una felicidad perfecta y a nuestra medida. Es entonces cuando Ray Loriga nos saca del sueño, de su sueño, con un manotazo de verdad, repentino, que me pareció lo mejor del libro. El escritor dinamita sin atisbo de duda el edificio construido bien que mal por las disparatadas aventuras de Za Za para que sea engullido hacia las profundidades en un santiamén, como aquel impactante agujero que se llevó algunas viviendas y dos vidas en Guatemala en 2010.

De hecho, recuerdo todavía un par de segundos –impagables– en los que sentí cierto mareo tras esa desaparición súbita que precipita el final de la novela e imponía, en mi caso, el regreso exprés desde las páginas del libro hacia la realidad de las tres de la tarde, momento de encaminarme hacia el abismo de la felicidad de tener que recoger a mis dos hijas del colegio, y que, luego, estuviesen allí esperándome; esa felicidad imperfecta, pero de verdad, y frágil y fugaz porque se están peleando por una hebilla del pelo de color rojo, la misma hebilla que no les importaba nada ayer, la misma hebilla que mañana, y en un puñado de minutos, estará tirada sin que nadie le haga caso, una hebilla de repente muy especial e importante aunque tengan en casa cincuenta hebillas del pelo más, también algunas rojas, de todos los colores, en realidad.






[1] Término extraído del argot futbolero cuya significación, supongo, Ray Loriga, gran conocedor del fútbol, habrá de apreciar en su totalidad.